La razón adivinada

La razón adivinada
Álvaro Guijarro
Editorial Tacálatra, colección “La Guerra Chimpancé”, Málaga, 2023

Gema B. Palacios

Con La razón adivinada Álvaro Guijarro da un paso poético más en su ya afianzada trayectoria literaria, que cuenta con una decena de poemarios publicados a sus espaldas, así como con una sólida participación en numerosas antologías y revistas. Esta nueva obra, la primera de la Colección La Guerra Chimpancé, es una cuidadísima edición que se encuentra porticada por un conjunto de exuberantes pinturas de la artista Silvia Flechoso. Mediante el vigor de la pincelada, las letras parecen clavarse con mayor fuerza en la retina de quien se sumerge en el poemario. Este baile apretado entre la palabra y el color ha generado una valiosa reflexión del escritor y creador audiovisual Enrique Morales, que en su epílogo “La palabra antes de la palabra” entrevera los elementos constitutivos con los pilares ontológicos necesarios para dar luz a la poética de Álvaro Guijarro.

Siguiendo a Morales, podemos enfatizar que el poemario comprende una estructura formada por seis secciones que no son homogéneas, sino que combinan algunas compuestas por varios textos y otras en las que solo tiene cabida un poema extenso. Gracias a la configuración personal de esta partitura por capítulos, los lectores se encuentran frente a un libro de textura orgánica, formado por una serie de elementos que, desde el mismo título, parece que buscan su contrario. Como bien señala Morales, frente a la organización y codificación de lo aprendido, dictado por la razón, la adivinanza o adivinación impone un modo de predicción de lo oculto, de conjetura frente al enigma. Así, razón frente a adivinación se alzan como dos ingredientes fundamentales para comprender uno de los impulsos más sólidos de este libro de Guijarro: el deseo de hallar un lugar para la expresión poética que no esté enfrentado con la vida y con la existencia del otro. Morales ha destacado que “lo especular sirve para el propósito de testimoniar la problematizante relación de quien mira con lo mirado”, pues “sin saberlo se es espejo del Otro” y también “es el Otro frente a algún espejo” (p. 90). De esta manera, parece que un pilar en la poética del autor madrileño es la reflexión sobre los límites, el estallido en forma de choque o de abrazo entre el sujeto que escribe y los otros: el diálogo ininterrumpido entre los movimientos de expansión y de contracción innatos del ser humano.

El poemario abre con “Tríptico del desierto”, un capítulo formado por tres poemas en los que el segundo de ellos recibe un título homónimo al de la obra en su conjunto, “La razón adivinada”. En este poema hallamos los primeros versos que ponen voz al desdoblamiento, que se enfatiza aún más gracias al protagonismo de dos elementos que evocan el conocido mito de Narciso, el agua y el espejo: “La razón fragmentaba a los objetos/ y lo sensible se dirigía al nombramiento:/ así se construyó la adivinanza […] La lógica, desnuda, se aburría./ Parecía el mundo hecho para mí,/ pero mis únicos espejos eran la verdad/ y la imagen del agua”. A continuación, al hallazgo de imposible unión se le unen otras dos formas aparentemente opuestas, el cuerpo y la palabra: “Palabras: la piel del erotismo…/ Aquí, ¿quién quiere ser como la luz? Yo/ y la oscuridad que pesa”. En este primer poema emerge la herida del yo como una cerradura sin llave, que a lo largo de todo el libro irá vertebrando sus hilos, siempre en constante diálogo con el lenguaje y su inefabilidad.

Con “Argumento del hospital”, el poeta se acerca al lugar del dolor, a la boca de la herida, y desde ahí deja que manen algunas de las imágenes más sorprendentes del poemario, de esencia ígnea: “No sé qué espero de la claridad que persigo/ ni si será la sangre la oración en la tundra/ ardiente, amor de mi fábula o ebrio puzle/ hacia el que se transforman mis años sin edad./ Lo que sé lo conocen los demonios del sueño./ El dolor es esta aldaba de oro hacia el poder/ y la intimidad súbita un espacio muy denso”. Álvaro Guijarro indaga en la palabra hasta dar con las hebras más finas –esos hilos casi invisibles que mantienen unidos los trazos de la existencia humana–. El poema se cierra con un deseo de permanencia en la materia y lo concreto, la piel que se habita, frente al abismo del espíritu, cuya promesa es vana: “¿Es esto el final? Quiero la suavidad del daño/ instructora del abismo en la arcilla que soy./ Sin juramentos que perturben la guerra./ Más allá de los sentidos, en la luz ecoica/ donde se desmantela el juicio del primer cetro”.

“Educación salvaje”, tercera sección del libro, se compone de un corpus en el que de nuevo emergen los juegos de oposiciones. El poema titulado “Elegancia” canta un hermoso retrato, vibrante en el oxímoron: “Vida sin dueño o ángel desatado/ por una sensibilidad sin alambrada,/ salvaje porque siempre fue tranquilo/ el paseo de la sangre al descubrirse”. Frente a ello quedan los versos de corte dialogante como los que dedica a la “Pereza”, donde Guijarro recoge una reflexión al hilo de la soledad del yo cuando se encuentra cara a cara con el otro, con el tú: “Tan raro es, tan solo, habitar días tan solos./ una mañana ha de ser como una estación/ lenta. Sí sé, pero no quiero saber cómo es/ esa vida de la que tú me hablas ciegamente./ Hoy no estoy preparado para el duro milagro”. En “Pureza”, traza un inventario de acciones posibles que se hunden en el detalle, entre las que destaca aquella que se vincula con el ejercicio del poeta: “amar con esqueleto de ventana/ para ser, con técnica, escritura”. Existe, a lo largo de todo el poemario, un bravo ahondamiento en el pulso con la literatura, que proseguirá en líneas posteriores.

Finalmente, en “Soledad”, quien escribe se muestra al desnudo y exhibe sus fisuras, explora en sus adentros empuñando el bisturí como un aventajado cirujano: “Nunca me siento solo./ Sé que es raro y que no a todos os pasa/ llegando a la pared,/ espejo tardío de mí”. El poeta revela que su soledad no es tal, frente a la oquedad que encuentra a menudo en quienes le rodean: “Pero no entiendo lo hueco de este encierro/ vuestro, esquivos ante algo ya ofrecido:/ somos música de baile/ al transformar en mapas nuestras islas”. Aquello que Guijarro subraya es la necesidad de ser en plural, de abandonar el ensimismamiento en el yo. Más adelante, añade: “¿Qué somos sino un carrete velado?/ ¿Quién soy yo sino la espera de otro rostro,/ cadena de abril con el cabello suelto? Soy/ un fragmento que viaja abrazado al telescopio/ donde se observa/ al otro comenzar y yo comienzo/ a su lado/ eternamente”. Así, la “Soledad” de la que aquí se nos habla no es sino enfermedad de la que es necesario huir, pues su forma imprecisa semeja el garabato del pasado en un carrete analógico.

En varias ocasiones se atiende en el poemario a un deseo de ofrecer una visión más clara y aproximada de la realidad, con especial énfasis en el detalle. Es así como emerge ese gusto del autor hacia el arte de la fotografía, que permite ver de otra manera, acercarse a las cosas a hurtadillas y, al mismo tiempo, con una suerte de violencia silenciosa, como la señalada por Susan Sontag en Sobre la fotografía: fotografiar a alguien es “verle como jamás se ve a sí mismo […], cometer un asesinato sublimado”.

 En “Esquema del yo fugitivo”, el poeta despliega doce composiciones que son un arañazo a la memoria, un destello que abarca paisajes urbanos y rurales; también el recuerdo de algunos rostros que se encuentran tatuados en el alma de quien escribe. En ellos coexiste la pulsión de la búsqueda, como en el poema “IV”, que parece retener un fogonazo de vida a través de la claridad y el dictado luminoso; no obstante, en sus versos conviven el deseo y la certeza de lo inasible: “Al fin he hablado con el sol/ para alcanzar a traducir la luz./ No la de los meses peligrosos/ donde es fácil sufrir después de jurar,/ sino la luz del disparo,/ la luz de largas pestañas/ en la que siempre muero por penúltima vez./ Vivo por la luz, en ella me detesto./ Pero no toda luz proviene del cielo”. O en el poema que cierra el conjunto, que trata de poner nombre a la huidiza identidad del yo: “He sido tantos hombres juntos/ que ya no sé cómo será/ la máscara que voy a destruir”. En esta pieza se muestra una concepción espinosa de la palabra poética, del peligro que entraña constituirse en algo parecido a un ser creador: “Es cierto que los fantasmas se arrinconan/ en mi corazón,/ pero ya no soy más un arquitecto./ Durante la magia de los últimos días/ todos los hombres que he creado/ descenderán en fila hasta mi frente./ ¿Conoceré entonces/ las dimensiones de este juego mortal?”. Y finaliza: “Solo en la ficción muere/ la piel de la ficción”.

“Aparición” es un canto amoroso que envuelve la palabra con racimos de ternura. Además, descubre, en el vínculo tembloroso, un lugar de certeza, de abandono del miedo y de reafirmación del sujeto que escribe: “Eres niña grave,/ triángulo de bosque rojo,/ paz para los ritmos/ y quiero/ tu cabeza sin error en mi cabeza,/ cuerpo pleno sin retorno que no llore/ mientras la mañana nos engulle/ de blancura./ Yo, hacia ti, voy a vivir de nuevo”.

La despedida de este volumen llega con “Fuga del decir puro”, un extenso poema en el que el autor se aproxima tanto a la palabra poética que la fusión entre ambos se vuelve plenamente nítida y armónica. Así, leemos: “Me voy a entregar sin compasión/ a la imagen sin respuesta,/ así que haced de mí una palabra/ vestida en el sol de la belleza”, o estos versos en los que el autor concede al misterio, a esa adivinación rubricada en el título, su destino: “No sé si el lugar al que me ofrezco/ es, en realidad, la estatua mía,/ y he venido cumpliendo/ con el papel del viejo orfebre,/ cualidad de mi paso/ por la arcilla”. Impresiona que las últimas palabras del libro, pese a su fuerza, sean lanzadas a los ojos del lector con una ligereza insólita. El poeta, como un trapecista, ha lidiado a lo largo de las páginas un juego de equilibrios que no dejan indemne al yo que se pone por escrito. “Ya veo el sauce… Ya veo/ la higuera…/ Ya estoy dentro del mito/ para siempre”, canta Álvaro Guijarro, consciente de que su pupila ya se ha transformado a través de la herida poética. “Sí, yo soy aquel que ha adivinado la razón/ y se hace acto”.