
Vísperas
José Antonio Jiménez Navarro
Libros de Aldarán, Barcelona, 2025
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Por Juan Carlos Peña
Dice M.ª Zambrano “que no es a sí mismo al que el poeta busca, sino a todos y cada uno. Y que su ser es tan solo un vehículo, tan solo un medio, para que tal comunicación se realice”. José Antonio Jiménez Navarro (Cuenca, 1960), buscando esa comunicación, abre su recién publicado poemario Vísperas con el poema “Las Palabras” y este con el verso “Las palabras que sostenían las cosechas…” Ya en esa palabra, “cosecha”, hay una posible imagen, la de la promesa en ciernes, lo que aún no está recogido, pero se muestra, a la espera de que alguien lo haga suyo. De esto habla este conjunto de poemas, de la búsqueda de una comunicación y de su resultado: una cosecha sostenida por palabras, esas palabras en busca de las cuales ha ido el poeta para conjurar la posibilidad que ofrece el discurso poético de revelar y desvelar una realidad en la que el yo se convierte en él, en ella, en ellos, desde una mirada externa-interna reforzada por una serie de recursos que ayuda a ampliar los paisajes por los que discurre el poemario.
Así, no podemos hablar de Vísperas sin hacer referencia a su anterior poemario, Salvando las Distancias (Premio Gerardo Diego de Poesía, 2015),con el que existe una cierta continuidad formal y temática. Hay dos poemas, “La Pobreza”, del primero, y “La Calva”, del segundo, con los que el autor va invocando y evocando respectivamente los lugares: Alto de la Cebada, Zaga las Casas, El Caolín… y las personas que los habitaron: Fausto, Eulapio, Vicente… en una especie de congregación que ayuda a completar ese mapa de querencias que va derramándose por ambos poemarios. En los dos hay una interpelación al sentido de la existencia y, a la vez, una aceptación del devenir, siempre sabido, que es la muerte física, sin dejar de estar impregnadas de una rebeldía y dignidad vitalmente esenciales, que implícita y explícitamente perviven y se muestran en los poemas.
Josep M.ª Esquirol escribe: “cada lugar tiene su luz, pero la luz no solo se percibe por los ojos”. Y esa luz, alimentada por las vivencias y por todos los elementos que las conforman -personas, lugares, objetos-, hace que lo invisible se vuelva visible, que contribuya a esa voluntad de permanencia a la que Jiménez Navarro alude en sus notas aclaratorias sobre Vísperas.
Asimismo, sabemos que no se puede concebir una obra poética sin ritmo y que este, inevitablemente, nos lleva a la música y, por tanto, a la celebración. Desde este punto de vista, Vísperas podría considerarse una composición en cuatro actos: dos con un tono entre la elegía y la celebración, “Lecciones de Bien Morir” y “Vísperas”; y los otros dos, “Perfumes” y “Luz en Vilo”, entre la nostalgia y el canto. Pero, como en toda composición, hay unos elementos que ayudan a agilizar su cadencia o a hacerla transcurrir por cauces más serenos. Entre esos elementos podemos observar recursos como las enumeraciones (“pipirigallo, mielgas, mejorana”); el uso del polisíndeton (“y tus hermanos, y tus primas, y tus cuñadas”) o la aliteración (“Laura/ luelmo / lirio”). Cambios formales en los distintos poemas, como el paso del verso al poema en prosa, o del verso libre a las estructuras clásicas como el soneto (“Lloró Manuel, lloró. Lloró sin llanto/ En la pared lloró a lágrima viva/ porque su aliento alegre se le iba/ lloró porque era abril y el camposanto (…)”); los endecasílabos blancos (“Ya el pabellón del tiempo se ha quebrado/ y los días que vienen serán duros (…)”); los versos octosílabos de la rondalla (“Nací en la grave Castilla/ al pie de un cerro bermejo…); o la silva (“una danza de sombras/ ante tus ojos solos se mostraba/ Y alargabas la mano/ buscando las manzanas huidizas/ que luego te dejaban/ en delirantes tierras movedizas”).
A su vez, encontramos también algunos poemas sin signos de puntuación, en los que la disposición de las palabras y de los espacios suponen una mayor implicación del silencio como parte esencial del ritmo de los poemas.
Otro elemento que, intermitentemente, va recorriendo todo el poemario es la idea del arraigo a todos esos lugares que, como ha dicho el autor, “por azar o por necesidad, se han tenido que abandonar, pero de los que uno no se ha ido nunca del todo”.
Hannah Arendt, en su Discurso de recepción de la Medalla Emerson-Thoreau, dice que “el poeta pone nombre a las cosas, a veces por su apariencia, a veces por su esencia”. Y son esa apariencia y esa esencia las que “provocan en el poeta esa reacción verbal”, en la que lo simbólico convive con lo real y que tiende a ir de la presencia a la ausencia, sin obviar ni el grado de inmediatez que esta última conlleva en sí misma, ni la extensión en el tiempo de lo acontecido.
Así, los poemas de Vísperas se van aposentando entre lo intrínseco de aquella “búsqueda” de la que habla María Zambrano, y ese «ir poniendo nombre a las cosas”.


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