Martín Zúñiga Chávez

Fotografía cedida por el autor ©

 

Martín Zúñiga Chávez

Martín Zúñiga Chávez (Cusco, 1983) es poeta peruano de la generación del 2000. Su escritura se mueve entre el lenguaje y la experiencia contemporánea, con una mirada crítica que ha ido encontrando lectores en distintos espacios de América Latina y España. Estudió Literatura y Lingüística y cursó la maestría en Análisis del Discurso en la Universidad Nacional de San Agustín de Arequipa, desde donde piensa la poesía no solo como escritura, sino también como una forma de intervenir en lo cultural.

Su entrada al campo literario fue temprana y con varios reconocimientos importantes: ganó el Premio Internacional de Poesía Ángel Martínez Baigorri por Gavia (España, 2009), el Premio Copé de Plata por Pequeño estudio sobre la muerte (Perú, 2009); y, en 2011, los premios Martín García Ramos y Javier Heraud por Cover, un libro que ha tenido distintas ediciones en varios países y que se volvió clave dentro de su proyecto poético.

Además, ha publicado libros como Exhumación de las naves, No siga ese pájaro y Panorama de las casas y lo inflamable. Sus poemas han circulado en revistas y antologías de poesía contemporánea. Desde hace más de una década está involucrado en la escena literaria del sur del Perú: coorganiza el Festival de Poesía de Arequipa, impulsa el proyecto urbanotopia e integra CarpaLab, mezclando escritura y trabajo colectivo como parte del mismo camino.

Conocí a un viajero

tengo miedo en las noches, en las mañanas y me aferro al poema.
Pero el poema no existe -como yo.
Ernesto Carrión

Conocí un viajero una tarde y el chiste es que la cartografía
le es un estado imposible e imaginario, nada se puede
adivinar tras el cristal trizado de su pantalla. Parece un antiguo poste
de luz agazapado en los muros hundidos y anegados, un pretexto
para anclarse al presente, inofensivo como líneas trazadas
sobre el mar.   observas las ruinas sin buscar nada, solo buscas. si
               prefieres ya no estaré, no sabrás qué masticas. buen
               aburrimiento (latín: ab- prefijo «sin», horrere «ho-
               rror») es la existencia sin sentido, y no hablo tal
               como crees como alguien que no confié en estas cosas
               del mundo, en los inventos los aparatos que tomaron
               poco a poco nuestras casas nuestras vidas nuestra forma.
Tras la puerta de su cerebro una luz parpadea.
Parece la cinemática del sebo y suena a sebo
y a materia descompuesta y repuesta y descom y re.
Imperceptible se agita, marca el pulso, otra vez titila.
Se acaricia con una mano las teclas, tratando de ser dulce,
tratando de limpiar su rostro, afinar sus circuitos,
tratando de ser delicado como las ovejas y los saltamontes
con que a menudo sueña, por decir algo. viajaré,
                te propusiste, haré turismo y ya solo llegará lo demás,
                llegará algún día a tocar mi puerta que no existe. creo
                que te invente en mi mente, eso es todo. me preguntaste
                qué esperaba: pues simple, te dije, no espero ya nada,
                cuando ya no queda nada en el espacio sónico, ni a que
                faltarle el respeto, ni tomar una postura, ni un punto de vista.
Un dato otra vez crepita a través de sus nervios
imitando incluso la sinapsis y se detiene. Busca el camino más rápido
para mandar estas líneas alrededor del mundo. Destella su pantalla y
se apaga. Destella, titila, se apaga.
               imaginería de sonidos como la palabra azul, del sanscrito,
               rizo de rey, que quiere decir del color del cielo sin nubes.
Después de mucho una nube ha pasado bajo el cielo rojo.
Una fotografía y ya la he publicado y compartido.
               si me esperas en la niebla no estaré. te cuento un ejemplo,
               este café está frío y me cae mal la leche la imaginería de
               olores es como caminar en medio de la calle de los bares 
               ya que a diario viene, pasas por aquí como suelen pasar
               los huracanes por las playas del caribe, te lo diré sin más
               dilaciones: hay tres cosas en la vida que no puedes dejar
               de hacer así seas una maquinaria: pulsar, moverte y digerir.
               lo demás es accesorio. de esta visión tan básica del mundo
               nace mi profunda no necesidad de muchas cosas. que haré
               cuando las cosas cruentas se me terminen. te equivocas si
               piensas que esto busca sentido. son aves que las cazo al
               vuelo para adornar tus ojos: si sería tan fácil recogerte a
               la salida de lo que hagas, acompañarte a casa, por decir. 
No hay con quien compartirlo. No encuentra el cómo.
Lo que ahora busca en tantas imágenes es algún error,
un diminuto quiebre en el horizonte que le diga
que no es otra cosa más inventada, que la tormenta que
siente en los huesos internos de sus circuitos internos
es una tormenta y no la imagen dicha de una tormenta.
Se aterra por los párpados si se le quedan fijos, cuando siente que
tiene labios. Que se descompone. Quisiera tener una estructura más sólida,
un cuerpo más compacto, todo de cristal y minerales,
nada de carne ni humores,
ni nervios que puedan inflamarse,
ni fluidos criando pequeñas alimañas. en realidad tenía muchas
               historias, cosas. alabastros que decirte hoy que te
               las diré mañana. por ejemplo que si no puedes con algo
               tan fácil pequeño y simple –aunque parezca grande y
               brumoso– la puerta de salida se puede dibujar con una
               sola mano. olvídalo, no se podrá. no encontrarás la forma
               humano como quisiste llegar a ser de noche, te rascas la
               espalda, te duermes de cara a la pared. debo tener un
               insomnio permanente para que esto no pase otra vez.
De nuevo los datos crepitan mientras consulta
su marcador de tiempo. Tendría que sacrificar parte de su cuerpo
para obtener energía y durar un poco más, pero el protocolo
se lo impide.
Irónico el protocolo. Trata de conservar la unidad
en desmedro de la supervivencia. La premisa
debería ser persistir, pero sin ubicación
precisa, se revuelca sobre su propia lógica de sebo y datos.


Cumbia de lo que se pierde

Al primer cadáver lo encontraron en una chacra
la cabeza reventada como una sandía
lejos como a 20 pasos del resto del cuerpo.
Tenía las ropas acomodadas como si primero
lo hubieran golpeado y luego vestido.
La canícula lo hinchó y cocinó sobre el asfalto
y las moscas de todo el país cubrían su vientre.

El siguiente estaba medio oculto al pie de un platanal
            bajo hojas y lama y mucha fruta podrida
            como si la tierra lo estaría masticando.
            En la selva la fruta se pudre a falta de cosecha
            y cae al piso y se rompe y todo vuelve a empezar.

Otro estaba atado de pies y manos
colgado de un puente y sus piernas escondidas
entre la maleza y la basura que crecen sobre el agua.
La parte hundida se pintó negra y verde.
Se contaron al menos cuarenta y dos puñaladas.
Era mujer, católica y no había cumplido 16 años.

En la serie, el cuarto; pero suponen que es de antes.
            Varias pesas de plomo y oro lo mantenían al fondo
            del lago. Con el verano fue vomitado en la playa,
            sin uñas, sin dientes y con los ojos cocidos.
            Varios cangrejos dormían en su ano y una familia
            de sapos cantaba a gusto entre sus axilas afeitadas.

Fue su perfume a encierro lo que denuncio a la otra.
            Nadie lo vio salir en muchos días, a ningún vecino
            le interesaba. Solo hedor y los perros que aullaban.
            Sobre el mueble de la cocina un vaso con veneno
            para ratas y una botella vacía de gaseosa.
            En el piso del baño, agarrado al inodoro, casi un saco
            de huesos con una mano apretando el estómago
            y la boca abierta como en una carcajada.

Antes de terminar su turno encontraron uno más
            en los almacenes de una carnicería. Le faltaba
            parte de los músculos del pecho y de los muslos.
            y varios dedos de las manos. Hubo que descongelarlo
            dos días para poder realizar la autopsia. Pero eso ya era
competencia de otros especialistas. Como
todos los otros, este también había muerto de amor.


Los nombres del agua

Choco con millones de cuerpos que no comprenden
El desconcierto de un pájaro atrapado
En el último bosque entre las llamas y como papel de libros
Viejos las remojo en la sopa de fideos.
Mis pies son hielo que estornudo
Y mientras me evaporo como un charco de babas y mocos
Me viaja un tren herido de saber lo difícil
De tener provecho para nuestras humanas manos.

Estoy negro y húmedo por el desierto izquierdo
Arrastrándome fuera del verano tomo
Mi plato de sopa sin dejar restos de epitafios
Sin que los perros me rasquen sin que los peces me griten
Viendo en las pantallas de cine a nuestras almas
Lejos de la vida bailando con pereza y amarradas de sonrisas.

Porque no nos importa cuánto turbine el dolor.
Nuestras manos y sus relámpagos son más fuertes
Más hermosas que todo el odio de dios.
Porque puedo orinarme en todos los riesgos:
Nos gusta caminar por el otro lado del vértigo
Como quien congela los puentes y disentir
Con el ladrón que arrancha la cartera a una mujer
Sin respetar su miedo ni la flor de su luto.

Moriremos, humanos, moriremos. De nada
Sirve pensar en la primera letra del alfabeto
Si no es para hundirse en el aserrín de la locura.
Golpe tras golpe me nacen árboles de pájaros barbados
De frutos abiertos jugosos y agrios que tienen piernas
Que salen a la calle a decirme dentro de cada ventana
Hay una trampa una posible desavenencia con la ternura,
Un desacuerdo con las cláusulas donde la lectora
Espera rocas y yo le estoy repartiendo plumas como quien
Reparte cartas en la timba, te muestro las mangas vacías
Y tocas mi mejilla como quien dice no me mientas dónde las guardas.

No es en vano la fuga no es en vano el miedo
Atisbando los últimos tréboles del bosque
Perdido en rojas preguntas acostumbrado a la curiosidad
No como nuestra abuela feliz en su casa de barro
Con sus mueblecitos de mimbre sus juguetes para el amor
Con sus huesos remojados iluminando las graderías
Que subo hasta tu sótano desde la paranoia del fuego
Con mi trajecito cenizo y nuevo y abierto de cerrado de cordura
Convencido de la suerte de la especie ardiente mujer del día
Escuchando en todas las estaciones de radio a nuestras almas
Lejos de las bridas bailando sin tristeza y estorbadas de alegría.

Pequeño ya charco de llantos y mocos me tomo la cabeza
Incolora y tan transparente como un coágulo como un parabrisas
Diseñado para abolir el reflejo de nuestros carnívoros pechos perversos
Gritando dentro del crepitar hasta que nuestra alma
Hace sangre y por encima del humo la luna brilla diamante enferma
Y en las ya últimas escenas la abuela ve gente babeando en la calle
Sus huesos son pan sumergido en una humeante taza de chocolate
Descalzos, desnudos, agujereados por la espalda a traición
Como nos sucede siempre, humanos, con ganas de justicia
Con ganas de bellas máquinas de guerra y anarquía.

Nuestras enlodadas manos brillan en el cielo.
Estrellas de inteligencia, vándalos del apocalipsis,
Mutilando los nudos multiplicando los ojos mudando de cabeza
Los injertos de los árboles más jóvenes y su ocupación mustia
Burbujas de mercurio a punto de reventar fueron amados
Todos fueron amados alguna vez en un intento de nadie sabe qué
Y se lamían caninos las heridas en la televisión abierta dime dónde
Y charco de babas y mocos no puedo hacer ni un solo verso dónde
Ninguna de sus muertes resonará en la total banda sonora las escondes
Ninguna de sus vidas tendrá olvido entra la niebla que respira
Alrededor de la casa de barro de la abuela y su pingüe chacra
Olorosa a pan recién hecho y que anuncia un día luminoso
Y lleno de sol mientras el mundo termina de arder.

2 comentarios de “Martín Zúñiga Chávez

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