Juan Ramón Jiménez, primer rescatador de la obra de Teresa Wilms Montt (Una carta sin destino concreto)

Ángel Sody de Rivas

Teresa Wilms Montt, París, 1921.

Soy Teresa Wilms Montt
y aunque nací cien años antes que tú,
mi vida no fue tan distinta a la tuya.
Yo también tuve el privilegio de ser mujer.
Es difícil ser mujer en este mundo.
Tú lo sabes mejor que nadie.[1]

Hace un tiempo cayó en mis manos un poemario de la escritora chilena Teresa Wilms Montt, se titulaba Inquietudes sentimentales.[2] Lo leí con cierto interés para tener algunas referencias sobre esta autora. Y la verdad es que el libro me sorprendió gratamente. Entonces recordé que mi buen amigo Antonio Campoamor González, le había dedicado a esta joven una página y media en su maravillosa biografía sobre el poeta de Moguer y su esposa[3], donde narraba la presencia de la escritora chilena en Madrid y cómo llegaron a Juan Ramón algunos comentarios sobre ella.

Inquietudes sentimentales era el primer libro que publicaba Teresa y estaba compuesto de 50 poemas en prosa. En su apartado «Preliminar» ella decía lo siguiente:

Al ofrecer estas páginas al lector, no he pretendido hacer literatura.  Ha sido mi única intención la de dar salida a mi espíritu, como quien da salida a un torrente largamente contenido que anega las vecindades necesarias para su esparcimiento.

Escribo como pudiera reír o llorar, y estas líneas encierran todo lo espontáneo y sincero de mi alma.

Allá van ellas, sin pedir benevolencias ni comentarios: van con la misma naturalidad que vuela el pájaro, como se despeña el arroyo, como germina la planta…[4]

Pero, ¿quién era esa joven escritora que tanto impactó a la intelectualidad «masculina» de aquel Madrid de la primera década del siglo pasado y de la que Juan Ramón Jiménez quedó tan impresionado con su escritura, llegando a manifestar que su prosa era …tan sencillamente natural y estraña, a un tiempo, a pesar de haber leído entonces muy poco de ella, solo unos poemas y unos fragmentos de su Diario publicado, en 1921, en la revista argentina Nosotros. [5]

Se llamaba María Teresa de las Mercedes Wilms Montt, también conocida por los pseudónimos de «Thèrére Wilms Montt», «Teresa de la Cruz», «Tejita» y «Tebal» (en este último apodo Teresa utilizó la primera silaba de su nombre «Te» y la primera del apellido de su marido Bal-maceda). Teresa había nacido en Viña del Mar, Chile, el 8 de septiembre de 1893, en el seno de una familia aristocrática y adinerada. Era la segunda de las seis hijas del matrimonio formado por Federico Guillermo Wilms Brieba y Luz Victoria Montt y Montt. Teresa descendía por línea paterna de la realeza prusiana y era nieta por línea materna del político y presidente de la república chilena, Manuel Montt Torres. Era una lectora empedernida, a pesar de las represalias de su madre por esa afición suya. «Me han prohibido los libros. ¡Está bien! Los robaré ahí donde los encuentre y los leeré, de noche, cuando duerma todo el mundo». Entre sus autores preferidos estaban los escritores franceses Gustave Flaubert, Víctor Hugo y Honoré de Balzac; el poeta británico Lord Byron, y los poetas galos Charles Baudelaire y Paul Verlaine. Había recibido una esmerada educación y hablaba varios idiomas (francés, inglés, italiano, portugués y algo de alemán).

Ella renunció a su clase de origen y desde bien joven dio muestras de una gran rebeldía y empoderamiento que mantuvo a lo largo de su corta y atormentada vida. No encajaba en los cánones de aquella burguesía chilena de su época.

En 1910, a los 17 años de edad, contra la voluntad familiar, contrajo matrimonio con Gustavo Balmaceda Valdés (1883-1924), un joven diez años mayor que ella. La pareja tuvo dos hijas, Elisa y Sylvia.

En 1913, residiendo en la ciudad costera de Iquique, Teresa conoció a la feminista y anarquista española Belén de Sárraga,[6] que visitó la ciudad para dar unas conferencias. El discurso libertario de Belén influyó en la joven Teresa. La escritora e historiadora argentina Dana Hart, noveló en un libro el encuentro entre estas dos mujeres.[7]

El marido de Teresa, además de tener problemas con el alcohol, era muy celoso y la maltrataba. También, como hacía la madre de ella, Balmaceda le prohibía a su esposa ciertas lecturas. En un párrafo de su libro Desde lo alto, decía esto sobre ella:

…en aquella alma desconcertada, pervertida por lecturas absorbidas sin disciplina y a destajo, se había producido una aridez muy poco femenina, un ateísmo de esos desoladores y aplastantes, que casi nos es imposible concebir.[8]

En 1915 Gustavo Balmaceda acusó a su esposa de un supuesto adulterio y, tras convocar un «tribunal» familiar, la internó en el convento de la «Preciosa Sangre», en Santiago, retirándole la custodia de sus dos hijas[9]. En esa institución religiosa estuvo encerrada durante ocho meses y sufrió un intento de suicidio, hasta que su buen amigo el poeta Vicente Huidobro la ayudó a escapar y huyeron juntos a Buenos Aires.

Años después, cuando Teresa ya había abandonado este mundo, Huidobro escribió una bella prosa poética dedicada a su amiga, su alma gemela –como él decía–, de la que reproducimos este primer párrafo:

Teresa Wilms es la mujer más grande que ha producido la América. Perfecta de cara, perfecta de cuerpo, perfecta de elegancia, perfecta de educación, perfecta de inteligencia, perfecta de fuerza espiritual, perfecta de gracia.[10]

A su llegada a Buenos Aires, Vicente Huidobro puso a Teresa en contacto con los círculos intelectuales porteños, fundamentalmente con el núcleo constituido en torno a la revista Nosotros. Con esa revista colaboró ella durante varios añosy, además, publicó dos libros: el ya citado Inquietudes sentimentales y Los tres cantos,[11] un conjunto de relatos con pasajes autobiográficos escritos en prosa poética. Allí también conoció al joven poeta argentino Horacio Ramos Mejía, que se enamoró locamente de ella. No obstante, Teresa solo le prometió una buena amistad y, por ese rechazo a consolidar una seria relación sentimental, él se suicidó cortándose las venas delante de su enamorada.

Para olvidar ese trágico episodio se propuso presentarse como voluntaria en la Cruz Roja, para ayudar a los aliados en la Primera Guerra Mundial pero, al llegar al puerto de Nueva York, fue detenida como sospechosa de ser espía alemana, tal vez a causa de sus apellidos. Al cabo de unos días, al comprobarse el error, fue puesta en libertad y continuó viaje a Europa. A comienzos de 1918 llegaba a Madrid, donde pronto se integró en la bohemia de la capital; frecuentó el Ateneo y las tertulias del famoso café Pombo, el café El Gato Negro y el Colonial; en uno de estos establecimientos hizo amistad con Ramón María del Valle-Inclán, autor del prólogo de su libro Anuarí.[12] Ese mismo año había publicado En la quietud del mármol,[13] una elegía en prosa poética evocando a su joven enamorado Anuarí. Durante su estancia en Madrid, Teresa fue inmortalizada por los pinceles del cordobés Julio Romero de Torres y por otros famosos pintores de la época. En 1919 visitó Andalucía y realizó un viaje breve a Argentina. Allí publicó, bajo el pseudónimo de «Teresa de la Cruz», su quinto y último libro en vida, Cuentos para los hombres que son todavía niños[14], una especie de antología de cuentos y poemas compuesta de ocho relatos que ella dedicó a sus dos hijas.

Enterada por una persona del servicio que cuidaba de sus hijas, Teresa supo que su suegro, José Ramón Balmaceda Fernández, iba a viajar a París por destino diplomático, instalándose temporalmente en la ciudad del Sena y, sin pensarlo, en 1920 se marchó a la capital francesa con el propósito de reencontrarse con sus hijas, después de cinco años sin verlas. Las niñas estaban a cargo de los progenitores de su ex marido desde que se las quitaron a ella. Al principio esos encuentros se produjeron clandestinamente. Posteriormente, de forma legal, pudo ver a sus pequeñas Alicia y Sylvia dos días por semana durante el tiempo que permanecieron en la capital francesa. Pero esa felicidad no iba a durar mucho. En diciembre de 1921, Su suegro y las niñas regresaron a Chile y Teresa, desconsolada, ahogaba sus penas como podía… Cayó en una gran depresión y el día 24 de diciembre hacía su «viaje definitivo», después de pasar una semana agonizando en el hospital Laennec, de París, por haber ingerido una sobredosis de veronal.

La noticia del fallecimiento de Teresa Wilms llegó a Madrid a través de los medios de comunicación en los primeros días de 1922. Juan Ramón tuvo conocimiento del trágico desenlace por la prensa diaria y por la revista argentina Nosotros.

En el último pasaje del diario de Teresa «Peregrinaje y finitud», fechado en París en 1921, la escritora concluía:

Nada tengo, nada dejo, nada pido. Desnuda como nací me voy, tan ignorante de lo que en el mundo había. Sufrí y es el único bagaje que admite la barca que lleva al olvido.

Rescatada del olvido

En 1922 aparecía el sexto libro, póstumo, de Teresa Wilms: Lo que no se ha dicho,[15] una especie de antología donde se recogía parte de sus diarios y otras publicaciones. A partir de entonces, con breves excepciones, tanto la vida como la obra de Teresa pasa por un largo «desierto» de silencio y olvido. Veinte años tuvieron que pasar para que nuevamente se recuperase la memoria de aquella joven escritora incomprendida por aquella sociedad conservadora de comienzos del siglo XX.

Como contaba el propio Juan Ramón Jiménez, durante largo tiempo estuvo intentando conseguir los libros de Teresa Wilms. Recordaba el ejemplar de la revista argentina Nosotros que leyó en Madrid en el año 1922 y que, según él, no era suya y tuvo que devolver. Sin embargo, actualmente existe un ejemplar en la Casa-Museo de Moguer.

Juan Ramón, siempre que se encontraba con algún chileno, ya fuese en España, Cuba o Estados Unidos, le preguntaba sobre la revista y los libros de Teresa. Esa búsqueda concluyó en 1944, cuando vivía en Washington. Pero será mejor que sea el propio poeta quién cuente esa historia en su artículo epistolar:     

A TERESA WILMS MONTT,[16]
“detrás de las bambalinas de su espacio actual”

Teresa de la Cruz, chilena:

Estamos leyendo, estas noches de abril, tu Lo que no se ha dicho, en la traducción inglesa de míster Richard P. Buttrick.

Fue así. Yo estaba en casa de tu paisano Fausto Soto, con tu otro paisano el doctor Juan Marín y los Buttrick con sus niños. Los Buttrick habían vivido en Chile y acababan de llegar con Marín de la China. Y todos hablaban chileno.

A poco de llegar yo, pregunté (como siempre que me encuentro con chilenos): “¿Alguno de ustedes tiene los libros de Teresa Wilms de Valmaceda (sic)?”. Yo había leído, hace bastantes años, en la revista Nosotros, de Buenos Aires, unos fragmentos de tu Diario que me sobrecojieron, sobre todo los del «Alta mar» y los de «Las ciudades». Eran líneas como de un primitivo de cualquier literatura grande, griego, por ejemplo, que fuera completamente de hoy, de mañana y de siempre. Aquel número de Nosotros no era mío y tuve que devolverlo. Lo pedí luego en todas partes. España, Cuba, Estados Unidos, y nadie me lo pudo nunca conseguir.

Míster Buttrick me dejó hablar. Yo soy muy impetuoso y abundante si una cosa me interesa de veras. Cuando me agoté, él me dijo tranquilo: “Pues yo he traducido al inglés el Diario de Teresa Wilms”. Y unos días después me traía a casa un primoroso libro, impreso y encuadernado en la China, con el Diario y otros escritos de Teresa de… tuyos, en inglés.

Aquella misma noche nos pusimos a leerte. Desde la primera pájina me sobrecojiste otra vez, y con mucho más poderío y encanto que la vez primera. Es decir, que eres perdurable. Esa escritura tuya tan sencillamente natural y estraña, a un tiempo, con ese saber tuyo intuitivo que cualquier cosa hace lo grande, lo májico y lo secreto, teniendo ojos adivinadores, me parecía la emanación de todo tu ser por tu mano. ¡Qué seguridad de toque justo, sin nada, nunca fuera! Ese ser “el jenio de todo lo que no es nada”, tú lo has dicho con frase inestimable, nos obligaban a releer cada línea. Tu espresión original encuentra la emoción más clara de un misticismo nuevo; amor tan humanamente distinto de los otros, hecho tan con otras cosas entre cosas tan diferentes. Tú das una cosa que no es la usual, pero que puede serlo desde que tú la tocas. Tus caminos son otros, otros que son unos, uno, en el momento mismo en que tú pones en ellos tu pie; tu planta, mística tú diferente de todas las místicas y los místicos, mística del amor y el dolor impensados, con tu pensamiento pleno de distancia, acercadura fácil de lo lejano difícil.

Teresa, tú, de la Cruz, con tu cruz de niña vulgar en tu pecho distinto, retratada para inspirar modos de un encanto tan nuevo y tan verdadero, con una inocencia tan cultivada y tan última. ¡Qué angustia ahora no haberte conocido en Madrid cuando estuviste! Oí hablar de ti a unos y a otros, andabas con Valle-Inclán y con Gómez de la Serna. Opio y Pombo. Supe luego de tu muerte en París. La deploré largamente y siempre has vuelto a mí cuando he pensado en el jenio literario de Chile. Tú sobre todos los chilenos y las chilenas.

Y cuántas veces de noche, a las horas en que tú escribías en London, en Liverpool, en Madrid, yo me he despertado y he repetido tu escritura. Me has acompañado mucho porque tú anhelaste lo superior, caprichosa, vehementemente hasta tu aislamiento humano. Tú te saliste de lo convencional, cojías de lo convencional, para tu uso esterno, otras convenciones que otros, y por eso parecías estraña. Pero, ¿qué más da una cosa u otra de lo convencional, si se llega por ella, como tú, a lo superior diferente?

Son las tres de la mañana, y me he levantado a mirar la madrugada gris del cielo de Washington, con las estrellas opacas sobre los primeros pájaros. Pienso en las estrellas visibles e invisibles de todo el firmamento, Marte, Venus, Saturno, Júpiter y todas las nombradas entre todas las innumerables sin nombre. Nombres que les dieron hombres anteriores y que hoy les seguimos dando, casi convencidos de que son lo que sus nombres dicen sin que ellas lo sepan.

En uno de esos instantes oscuros y claros de convencimiento, yo pienso en ti, Teresa de la Cruz, tan diferente de Teresa de Jesús y tan igual, como en una estrella oscura en un cielo claro, pero con un corazón de estrella clara en un cielo oscuro. Yo te he visto ya en un espacio infinito y te he nombrado con tu propio nombre. Tu propio nombre la ha hecho aparecer, Teresa. Y yo no te podré nunca quitar, por lo que dijiste, de mí; ni lo quiero, que ya hace muchos años que te llevo en mi frente, como tú aquellas tres manchitas de tinta, mano, estrella y corazón, de tu dormitorio de Liverpool, lugar de Inglaterra, cuando tu cuerpo era hija, esposa y madre, mujer formada y deformada y reformada y no estro vago, como ahora, invisible y presente en cada cosa parecida o distinta de las que tú sentiste con “tus cinco sentidos” y con otros 5.000. Distinta, sobre todo. Teresa, distinta por ti distinta.

Tu comprendedor distinto.

Washington, abril, 44[17]

Esta carta de Juan Ramón, dirigida a la escritora Teresa Wilms Montt, casi veintitrés años después de haber fallecido ella, recuperaba la memoria de aquella joven escritora olvidada hasta en su propio país. En la introducción al artículo epistolar de Juan Ramón, publicado nuevamente en Caballo de Fuego, la Redacción de la revista chilena decía lo siguiente:

«Después de una vibración de su nombre producida a raíz de su muerte, Teresa Wilms Montt cayó en una niebla de obstinado olvido. Lo que siempre acaece en países donde no hay críticos, ensayistas, ni editores de valía para amparar a los escritores nacionales. Por ello, debido a que Chile, además, sufre de un fuerte complejo de inferioridad para valorar todo lo suyo, nosotros cederemos, íntegramente, la palabra al ilustre poeta Juan Ramón Jiménez que, en forma espontánea, honda y bella, ha restaurado para siempre el nombre de esta grande y dolorosa mujer».

No le faltaba razón a la Redacción de la revista, ya que a través del artículo epistolar de Juan Ramón en Caballo de Fuego, la poeta y ensayista chilena, Ruth González Vergara, como ella misma manifestaba en una entrevista para el diario El Mercurio, al leer el artículo del poeta moguereño, se interesó por el personaje y dedicó años al estudio y recuperación de Teresa Wilms.[18] El resultado de esa motivación e investigación está a la vista: en 1993 González Vergara publicó la primera biografía de Teresa[19] y facilitó el camino para la publicación de sus diarios inéditos y de sus obras completas. Por lo tanto, no nos equivocábamos cuando afirmábamos en el título de este artículo que el poeta de Moguer fue el primer rescatador de la figura de Teresa Wilms Montt. Desde entonces: artículos en prensa y en revistas, estudios, tesis doctorales, obras de teatro, varios cortos e incluso un largometraje dedicado a ella titulado Teresa: Crucificada por amar,[20] estrenada en las salas de cine chilenas el 18 de junio de 2009. En el mes de septiembre de ese mismo año, la película fue transmitida por la Televisión Nacional de Chile.

Tres poemas de Teresa Wilms Montt

ANUARÍ
Apareciste Anuarí, cuando yo con mis ojos ciegos y las manos tendidas te buscaba.
Apareciste, y hubo en mi alma un estallido de vida.
Se abrieron todas mis flores interiores,
y cantó el ave de los días festivos.
Me amaste, Anuarí, y alcancé la Gloria suspendida en tus brazos.
Desapareciste, y quedé sola, los ojos náufragos en noche de lágrimas.
Bondadosa ha vuelto tu sombra, entre ella y el sepulcro espera una hora mi alma.

 AUTODEFINICIÓN
Soy Teresa Wilms Montt
y aunque nací cien años antes que tú,
mi vida no fue tan distinta a la tuya.
Yo también tuve el privilegio de ser mujer.
Es difícil ser mujer en este mundo.
Tú lo sabes mejor que nadie.
Viví intensamente cada respiro y cada instante de mi vida.
Destilé mujer.
Trataron de reprimirme, pero no pudieron conmigo.
Cuando me dieron la espalda, yo di la cara.
Cuando me dejaron sola, di compañía.
Cuando quisieron matarme, di vida.
Cuando quisieron encerrarme, busqué libertad.
Cuando me amaban sin amor, yo di más amor.
Cuando trataron de callarme, grité.
Cuando me golpearon, contesté.
Fui crucificada, muerta y sepultada,
por mi familia y la sociedad.
Nací cien años antes que tú
sin embargo te veo igual a mí.
Soy Teresa Wilms Montt,
y no soy apta para señoritas.

BELZEBUTH
Mi alma, celeste columna de humo, se eleva hacia
la bóveda azul.
Levantados en imploración mis brazos, forman la puerta
de alabastro de un templo.
Mis ojos extáticos, fijos en el misterio, son dos lámparas
de zafiro en cuyo fondo arde el amor divino.
Una sombra pasa eclipsando mi oración, es una sombra
de oro empenachado de llamas alocadas.
Sombra hermosa que sonríe oblicua, acariciando los sedosos
bucles de larga cabellera luminosa.
Es una sombra que mira con un mirar de abismo,
en cuyo borde se abren flores rojas de pecado.
Se llama Belzebuth, me lo ha susurrado en la cavidad
de la oreja, produciéndome calor y frío.
Se han helado mis labios.
Mi corazón se ha vuelto rojo de rubí y un ardor de fragua
me quema el pecho.
Belzebuth. Ha pasado Belzebuth, desviando mi oración
azul hacia la negrura aterciopelada de su alma rebelde.
Los pilares de mis brazos se han vuelto humanos, pierden
su forma vertical, extendiéndose con temblores de pasión.
Las lámparas de mis ojos destellan fulgores verdes encendidos
de amor, culpables y queriendo ofrecerse a Dios; siguen
ansiosos la sombra de oro envuelta en el torbellino refulgente
de fuego eterno.
Belzebuth, arcángel del mal, por qué turbar el alma
bellezas del pecado original.
Belzebuth, mi novio, mi perdición…


[1] Primeros versos del poema de Teresa Wilms Montt «Autodefinición».

[2] Wilms Montt, Thèrése. Inquietudes sentimentales, Imprenta Mercatall, Buenos Aires, 1917.

[3] Campoamor González, Antonio. Juan Ramón Jiménez y Zenobia Camprubí. Años españoles (1881-1936), Universidad Internacional de Andalucía, Sevilla, 2014, págs. 225-226.

[4] Wilms Montt, op. cit., pág. 5.

[5] Fragmentos de los diarios de Teresa, revista Nosotros, año XV, nº 151, diciembre de 1921, págs. 458-465.

[6] Belén Sárraga Hernández (Valladolid, 1874-Ciudad de México, 1951). Periodista y activista feminista, realizó giras propagandísticas por toda Iberoamérica.

[7] Hart, Dana. Las Aventuras feministas de Belén Sárraga, PDF, Págs. 63-64.

[8] Balmaceda, Gustavo. Desde lo alto, Imprenta Universitaria, Santiago, 1917, pág. 248.

[9] Gustavo Balmaceda publicó en 1917 una autobiografía novelada titulada Desde lo alto, donde intentaba dar una imagen de hombre engañado, mientras confesaba abiertamente en el libro que él tenía una amante mientras vivía con Teresa.

[10] Huidobro, Vicente. «Teresa Wilms», Vientos contrarios, Editorial Nascimento, Santiago de Chile, 1926, pág. 111.

[11] Wilms Montt, Thèrése. Los tres cantos, Baldem Moen, editor, Buenos Aires, 1917.

[12] Teresa de la Cruz, Anuarí, Imprenta y Papelería de M. Martínez de Velasco, Madrid, 1918, con prólogo de Ramón María del Valle-Inclán, libro dedicado a la memoria del joven poeta Horacio Ramos Mejías, al que ella llamaba «Anuarí» en sus textos. 

[13] Wilms Montt, Thèrése. En la Quietud del Mármol, Casa Editora Blanco, Madrid, 1918.

[14] Cruz, Teresa de la. Cuentos para los hombres que son todavía niños, Otero & CO Impresores, Buenos Aires, 1919.

[15] Wilms Montt, Teresa. Lo que no se ha dicho, Editorial Nascimento, Santiago de Chile, 1922.

[16] En todo el texto se ha respetado la ortografía original de Juan Ramón Jiménez.

[17] Esta carta, dirigida a Teresa, se publicó por primera vez en la revista mexicana Cuadernos Americanos, año III, vol. XVI, julio-agosto, 1944, págs. 187-190. Posteriormente, la revista chilena Caballo de Fuego, en su número 2, diciembre de 1945, págs. 1-2, bajo el título de «Poesía y Efigie de Teresa Wilms Montt», con una breve introducción, la volvía a reproducir. Años después, volvía a aparecer en el libro de Juan Ramón La corriente infinita, edición a cargo de Francisco Garfias, Editorial Aguilar, Madrid, 1961, págs. 211-214. Finalmente, se volvió a publicar con motivo del Trienio 2006-2008, en la publicación de las Obras Completas de Juan Ramón, por la Editorial Visor y la Diputación de Huelva, en el ejemplar Alerta, núm. 44, págs. 234-238.

[18] Entrevista a Ruth González Vergara en el Suplemento de El Mercurio, 24 de octubre de 1993.

[19] González Vergara, Ruth. Teresa Wilms, un canto a la libertad, Editorial Grijalbo, 1993.

[20] Teresa: Crucificada por amar, dirigida por Tatiana Gaviola. El guión es una adaptación de la autobiografía de Teresa Wilms Montt, escrito por Bernardita Puga y Bárbara Zemelman.