Fotografía cedida por la autora ©
Marinés Scelta
Nació en Mendoza, Argentina, en 1984. Es profesora de Lengua y Literatura y tallerista. Forma parte del colectivo literario y feminista “Write like a girl”, cuyo objetivo es investigar y difundir la literatura hecha por mujeres y disidencias, y la creación colectiva. Es autora de los poemarios Saber lo que se pierde (Peces de Ciudad, Buenos Aires, 2016), Otros territorios posibles (elandamio ediciones, San Juan, Argentina, 2021) y El oficio equivocado (Falta Envido ediciones, Tucumán, 2024). Ha participado en diversas antologías, como Antología de la Poesía Argentina Actual (Sanlope editorial, Las Tunas, Cuba, 2022). Fue Mención de Honor en el Premio Internacional de Poesía «Ana María Iza», organizado por el Encuentro Internacional de Poetas Paralelo Cero (Ecuador). Publicó Así ha de ser la ausencia (El ángel editor, Quito, 2023). Participa, además, en el programa radial Restos Diurnos (que se transmite por Radio UTN Córdoba, Argentina) con la columna “Los ritos”, sobre poesía contemporánea.
La casa
Cuando la calle está ojerosa de puertas,
Y pregona desde descalzos atriles
César Vallejo
Hay días en que los pájaros se atreven
a despertar antes que la mañana
la casa recuerda un pasado de fincas
toca lo viscoso en el azúcar de la fruta
una voz a lo lejos el consuelo
el bullicio una ciudad
que cambia de forma devorada por el tiempo
refleja el invierno pica de dos en dos
los azulejos
adentro hasta la cocina sin ver
llega su calor no alcanza
para encender ninguna luz
pero abre las cortinas como a una fruta
para entender el milagro de la semilla
¿qué germina hacia el interior
cuando preserva intacta
la memoria de las flores?
por entre las persianas
cae en estruendo el cansancio los paraísos
dardos como piedras acumulados al borde de la calle
entonces la lluvia sobre el bronce del picaporte
y la posibilidad deja ese encierro
pero desde el otro lado
busca en los vidrios empañados sus sirenas
todavía lo azul en la profundidad de las sombras
y la sal de esas mismas gotas carcome sus orillas
las habitaciones en las que naufragaba
inundado de impotencia un río
si no hay afuera y las paredes
pueden soportar
cualquier cambio de temperatura
que descascare la asfixia
la tierra sobre los muebles
registro de una llama viva lo que mengua
la batalla del recuerdo
su propiedad.
La puerta
para Javier
Por el ojo de la mirilla un delator
alguien llegaba tocó a la puerta
solo una vez vos conocías
abrió una herida tiñó de rojo
como un río la devoción
de los desiertos
sus arenas escurridas a otra tierra
o esperés más dentro de la habitación
alcanzó a decir
el encierro ahora es afuera
y fue sol cruel en lo que había sido tocado
mostró un camino escaleras arriba
a las escamas en suspenso olía polvo
acopiadas marcas fueron estantes para tus libros
suspiró una semana y fue martes su lluvia tan fina
miró tras la ventana directo a tu luz
sobre las chapas otra azotea
había sangre
era cielo tu horizonte de mar
algo apurado tosió en San Telmo
creció entonces desmedido
sobre las piedras de su calle
hasta tu ausencia
gruñó la muerte bajo las moras
peladas de otro frío
de madrugada todavía parece
se oyen sus perros acechan bordes
donde desgarra con sus colmillos
las mismas plantas otros patios
para ese viaje tu casa un puerto
a lo lejos donde ahora
te sentás a contemplar
centinela donde busqués el norte
otra desembocadura
estará escrito en otras piedras
yo tenía un secreto, una forma
que esperó en los retratos.
La cocina
La infancia se trepa a un escalón
puntas de pie al aparador donde no alcanza
para hundirse en los dedos un tarro de lentejas
con los cuchillos que el tiempo afila
al borde su cáscara de huevo
destapado el frasco deja que vuelen golondrinas
las hojas del laurel al jugo
y el colorido hubo un verano
garrapiñadas en una tarde a la casa de la abuela
seca la humedad a un trapo de piso
que por las noches deja a la intemperie
esa herida que duerme en su aburrimiento
al abrigo una posibilidad entonces semillas
amapolas para que durante las horas del día crezcan
a veces busca detrás en las cacerolas apiladas
cebollas con el nombre que ha escondido y llora
derramado el aceite cae y se extiende
sobre la fuente para desdibujarle cada fecha
la palabra que busca sal
en la cuchara de su boca
sofrito de olvido el grano del arroz
en sus hombros crecen alas sin que se vean
mañana será entonces pero ahora no
en la cintura un delantal que no es el talle
si en las manos queda
el perfume todavía otras naranjas
por qué sangra tanto el corte pica en la lengua
qué es entonces lo que ha muerto
en qué lenguaje
si el perfume
si es secreto
si otras naranjas.
El patio
Seca la ropa flamea colgada de un cordón
estrujado el recuerdo llega la mañana
descansa su tempestad de abismo
un molusco disecado a orillas de esa playa
donde cambia la humedad por el sofoco del patio
el silencio sabe fraguar sombríos pasillos
por los que corre desbocaba
el agua su paso del tiempo
carcome el enlucido las paredes
esa inundación hasta la cintura de los árboles
cuando flotan las últimas palabras y no alcanza
ninguna voluntad para mantenerlas con vida
una respuesta que solo pena de verdad
es el nombre que una niña ha dado a cada cosa.
El espejo
Refriega el moho una cortina la ducha
resbala borde huele a pinos trapear
el embaldosado
junto a los pies reptil el agua avanza
supo nadar lo profundo de un río
esqueleto cardenal de aquel acantilado
tropieza rabia entonces niña
quién va a ponerle nombre a su cara
cuánto es que pesa ese dolor
corta el aliento saber a diario
alguien más joven muere en las noticias
nadie diga fue tierra adentro
toda casa es una luz remota
qué corta alinea un horizonte reflejo
acostumbrado al vértigo otra caracola
quien puede acercarse a la paciencia
de los embates
oye el bramido oscuro al fondo de su mar.
El sótano
Debajo más abajo escondida la puerta del averno
esa boca adicta que solo sabe pedir
la piel sus esquinas huele al calor el moho
bajo una manta infecta recuerdos
el color las cenizas cajones de conservas
termitas han lijado el aserrín de la memoria
o un corazón dañado por desuso
en las raíces su gobierno abajo lo conocido
tensan el arco disparan
lo que cubre de hongo un sueño la penumbra
la habitación que ya no puede abrirse
es todavía y queda demasiado lejos
si cada cosa fue quitada
como lo que no podía permanecer
en un rincón
solo amanece un rayo de luz se escapa
una taza vacía sin oreja
en el oído suena a ruido de mar
pega las partes rearma su rompecabezas
tubos de cloacas zumba sin pausa un calefón.
La habitación
el reloj solo sirve para señalar
las horas de la noche
cuando parece el brillo en el techo otra galaxia
¿qué cara tiene ese dolor
a quién recuerda su oscuridad?
deja pesar las colchas el calor y no es abrigo
si aparecen payasos debajo de su cama
se abre una herida en el agobio
ese domingo para siempre
una mordida que acierta
satisfecha directo al corazón
la luz a las cinco da contra el armario
destiñe resquebraja la pintura de la puerta
dentro el olor a una vez inunda naftalina
bolsas más bolsas de plástico
cadáveres
zapatos
nubla la espera aburre el ruido
afuera hay autos
alguien conversa con la pantalla
de un televisor
fotos pegadas en la pared
como esas voces otros años
escucha
trenza en adorno el cabello un cielo
el miedo en la oscuridad
podría todavía
parece que podría resplandecer
escucha
desde el parqué algunas veces
la hierba podría empujarla hacia arriba.
Piquillín
Asoma una espina por entre el alambrado
ha tocado en su peligro la piel algún animal
por allí apura una tropilla el recuerdo
deja su rastro aplasta la hierba
mientras alimenta al fuego la tarde
la memoria del monte
su verano
picado de rojo hastío de humo amenaza
qué animal se atrevería a cavar debajo
de tan poco verdor
estira maleza sostiene en su punta la helada
sabe a infancia el gusto en la boca
un dedo de arrope
la sangre y el vértice de lanza
el peso su gota
si alguna vez se atreviera a cruzar las sierras
plantarse esqueje o el vuelo
algarroba de se
demorada en el ímpetu
qué tan lejos llegaría su rama la piel
instinto de llama la pulsión de incendiar.


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