Marisa Martínez Pérsico

Marisa Martínez Pérsico (Lomas de Zamora, Buenos Aires, 1978). Poeta, traductora del idioma italiano y docente universitaria radicada en Italia en 2010. Es autora de los poemarios Las voces de las hojas (1998, Primer Premio Nacional de Poesía Río de la Plata II, Argentina), Poética ambulante (2003), Los pliegos obtusos (2004), La única puerta era la tuya (2015), El cielo entre paréntesis (2017), Finlandia (2021), Principios y continuaciones (2021), Las cosas que compramos en los viajes (2022, XXIV Premio Latinoamericano de Poesía Ciro Mendía – Casa de Cultura de Caldas, Colombia) y Los parques interiores (2023, XLVIII Premio Internacional de Poesía Rafael Morales, España).

Nosotros los paracaidistas

Nuestro amor

dejará caer

la blanca torre

los alados ciervos

las ninfas rescatadas.

 

Tendrá rumor de botas

que bajan a la tierra.

 

Piérdase el verbo

en una canción precaria,

repetida hasta el asco.

 

Es tiempo de pateras y cayucas,

de empuñar la memoria

y el disparo: ¿entonces

no habrá más caricias ni ponientes,

solo gusanos y otoños

          mal pagados?

 

Todo cántico orbita la ternura

y de un harapo crecen

melodías de pájaro.

 

Con los pies en el polvo,

podré tocarte,

amor,

como si moldeara los animales

que subieron al arca.

 

 

Arboricidio

No sé si soy la que inventó este cisma

o si nos enterró a nosotras

la traición del tiempo

 

pero cambiamos tanto,

hermana,

desde los dientes y los columpios

y los buenos consejos.

 

Crecer es zambullirse

en un destino propio,

marcharse de las aguas compartidas

que se nos dio anidar.

 

Un día la intimidad es injerencia.

La fiesta, fingimiento.

 

Desconocerte.

Desconocerme.

Convertir este desvelo recíproco

en liberación.

 

Yo que creí

en la sangre irreversible

no imaginé que un árbol

se podía borrar.

 

 

Sordera

Espíritu que es al mismo tiempo ojo.
Giordano Bruno

Con su permiso –repitió el agua

hasta que toda la arena

tuvo la premonición

de un movimiento de canoas.

 

Alguien ha escondido los puentes.

Alguien eclipsó nuestro linaje con los bosques

cambiándolo por los tejados

                  y las ratas.

 

He buscado

en el herido punto

de los pozos reinantes

en qué cuna rompimos la progenie

con las olas,

 

            he buscado

 

un madrigal que canta

para desentrañar la enemistad

de los secretos.

 

Quizás sea la costumbre

de ponernos las medallas de la extinción

o algún defecto

para oír el agua.

 

Todo es esquivo.

Silba entre nosotros la revelación

como un relámpago sordo.

 

 

La rompiente

Para la oscuridad de la rompiente,

la piedra es instrumento 

que habita un escorpión, puerta 

sencilla destinada a la arena.

 

Para la piedra, 

el campo es relicario que habla.

Clamor de ortigas 

que el viento colecciona.

 

Pero tú no descifras 

lo que no acaba de nacer.

No tienes propiedad sobre la nada.

Te concierne la incógnita:

ser una hoja de cedro 

apretada a su ardor.

 

A veces la certeza rebota en el instante

y no ves salvavidas suficientes

donde apoyar el canto.

 

Solamente los sueños,

la esperanza de una voz

para tu cuerpo de agua.

 

 

 Oda a mi pantorrilla

Tu arte es resistir la gravedad, callada. 

 

La cápsula que te contiene

claudica al caminar

en la estación de lluvias

y es en ti

que los bichos me visitan

en parques y plazas comunales.

 

Región de contusiones violetas,

cuando mi espíritu alpinista

pide aventuras con dragones

o deportes de montaña,

recibo tu advertencia imperativa 

en forma de calambre.

 

Materia carnosa y abultada,

¿por qué corren volúmenes de tinta

con pechos y pubis siderales

y nadie invoca

tu trombosis de coágulos profundos,

tu eficaz intercesión sanguínea?

 

Tórtola breve y rutilante,

pantorrilla olvidada,

celebro en ti

el portento de estar viva,

la hazaña de cargar

este dolor de mundo.

 

 

A la manera de un poema de Cavafis

Si un hilo

del amor en sombra

que viene por el bosque

me abre un día sus puertas,

 

recuerda, Yo Futura:

 

todo tiempo de soledad

despierta lo que florece

si no te halló saciada.

 

 

Antiguo amor

Barcos hundidos

en la profundidad de mi corazón

mecidos por tu mano

en su reinado arqueológico.

 

De vez en cuando, un pulpo

sueña con ser piedra.

Volverse vidrio roto,

puerta del despertar.

 

Y tus pasajeros gritan,

como si supieran.

 

 

Otros amantes de Sumpa

¿Qué del ardor de la caricia de los labios?
¿Qué del eléctrico contacto de los sexos?
 Iván Carvajal

 

¿Has visto cuánto nieva,

     en este mediodía?

 

¿Qué suspensión de belleza

                   nos otorga?

 

Aquí desnudos,

en un mundo de copos

sobre el tamiz del tiempo

como piezas expuestas en un museo vivo

y un extraño crujir de río que ha cantado

en medio del incendio.

 

La salvación es ahora,

      entre tus manos.

 

 

Mar o montaña

Vos quisieras llover

pero como lo hacen las islas,

en un espacio abierto

habituado a la hechura de las aguas

donde cada relámpago

pudiera traer botellas,

sin miedo a las derivas o al diluvio.

 

Mi reino tiene crepitar de grillos.

Polen repartido entre los pliegues de las cortezas

por donde vuela-vuela el piojo

hasta el rojo violín de las colinas.

 

Yo no sé

dónde estuvo el edén,

si en el mar o en la montaña,

ni conozco los héroes perdidos como briznas

que la memoria hospeda, o en qué aire

yaciera lo que muere

de las inundaciones.

 

Pero cuando el sol destiñe

y baja entre las cosas,

en el cubil del sueño,

yo te veo conmigo.