Amanece en desorden
Manuel Crespo
La Nube de Piedra, Barcelona, 2024
Prólogo de Lurdes Martínez

Esther Peñas
Entre el blanco y el negro, entre el sueño y la vigilia, entre el raciocinio y el instinto, entre la voluntad y la coerción, entre la consciencia y la inconsciencia, existe toda una serie de estados escurridizos, fluctuantes e inestables por contingentes. Amanece en desorden (La Nube de Piedra, prólogo de Lurdes Martínez), escrito por Manuel Crespo (Barcelona, 1963), es uno de ellos. Con una exaltación íntima, no destinada a la preservación de la vida sino a su intensificación, el poeta se dona al tiempo que germina, no al que transcurre, de una manera por completo extraña a la posibilidad discursiva («El grito de la flor apaga el raciocinio») por cuanto lo que sucede en el poemario, en el decir del yo poético, es el sentir en común. Una comunión con la naturaleza colmada y plena. Absoluta.
Asombra ese abajamiento del «yo», del que apenas hay constancia, rastro, apenas manifestado, un yo que se hace atributo, no sujeto, que cede la luz cenital a lo otro, reflejando en los versos de qué modo lo mirado transforma a quien mira, con un tono de exquisita delicadeza por no adulterar con retórica alguna aquello que se convoca, un tono de extrospección altísimo, en el que lo poético se cuenta a sí mismo, y palpita fuera: «Al crecimiento de la planta concederé mi llaga,/ mi sondeo de zahorí y el desenlace de mi jadeo»). El yo responde, no enuncia. La palabra se hace cuerpo. El cuerpo recibe.
Cuenta Platón en su República la leyenda del soldado de Panfilia Er a quien, una vez muerto en batalla, los dioses le conceden la dádiva de regresar a la vida después de haber estado en el inframundo. De nuevo en el mundo de los vivos, Er relata a cuantos prestan su escucha lo que vio en esas funestas regiones. Manuel Crespo sería la antítesis de Er. Manuel Crespo es raptado por la belleza extrema de lo cotidiano, se asoma a su vereda convulsa, genuina, arrebatadora, porque sabe que «No puedes definir las mareas,/ qué son y adónde se proyectan». Canta la vida desde la pulpa de su epicentro mismo.
«Las copas de los abedules/ recitan salmos infantiles,/ que nada dictan ni profetizan./ Las oraciones expresan su delirio y su vigor,/ su querencia por mantenerse./ No hay nada sabido,/ el cauce sigue su curso,/ el polvo ingresa en el éter,/ las galaxias roan ebrias,/ desnortadas,/ desdeñando los puntos cardinales./ Lo palpable es excepcional./ Ha nacido y es bastante».
Conmueve, de la lectura de Amanece en desorden, lo limpio de los poemas, esa autenticidad sencilla, humilde (propia de la mansedumbre de los estados extraviados), el modo en que escucha lo que acontece (ese yo desaparecido), ese júbilo delicado (nunca contenido) y, sin embargo, penetrante. Así como se sabe que la mezcla de dos elementos heterogéneos (pongamos salitre y carbón) puede provocar consecuencias fulminantes (la pólvora, por cerrar el ejemplo), la naturaleza que rodea al poeta (palmeras, dunas, urracas, gorriones, tomateras, insectos, lagartijas…) produce en él un festín emocional próximo a la embriaguez mística. Ese don de la ebriedad que nos mostrase Claudio Rodríguez. Se trata de «Ver,/ aunque no entiendas».
Quisiera destacar asimismo lo luminoso del poemario. Cada verso transcurre al alba, tendido al sol, como enagua de doncella, por tanto, como si todo estuviera creciendo en un gerundio, como si todo se sucediese en un verbo que no es ocurrir sino brotar, «desde el nacimiento del romero/ al sepelio de la grava». Lejos de los estados crepusculares, ya desde el título se nos advierte de la temperatura de la luz y del desconcierto que ésta puede regalarnos.
Amanece en desorden contiene imágenes que sacuden y que acompañan: «como un boceto que no va a rematarse», «Nadie gobierna/ a lo que se agita en el tumulto», «el día murmura para sí», «en cuyo centro algo aplaude», «un meteoro hambriento delira», «No puedes definir las mareas,/ qué son y adónde se proyectan», «diapasón de una fatalidad abstracta», «a un dedo del laberinto», «prefiere consumirse a ser señal»… «La tregua sucede si nos desentendemos, / si esto que llamamos hombre no se involucra/ en lo que al despuntar se hace sustantivo./ Hay una comarca pacífica,/ donde lo conocido permanece/ en su deliciosa imperfección./ Y es amable e indoloro./ Afuera queda el llanto y la carcajada,/ la abundancia y el desorden,/ ese no saber lo que estás viviendo, / la indigerible contienda/ que se da en el umbral del sinsentido». La intensidad del juego (léase juego como la entrega hasta el extremo, juego como la propiedad incesante de arder) conduce a la soberanía de uno, a la pura desnudez. La antítesis de la frialdad, del recelo. Porque la poesía es siempre respuesta a la esperanza suprema de lo inesperado, del milagro, del prodigio.

