
El cuerpo quemará la medida de las casas
Cleofé Campuzano
La Garúa, Sta. Coloma de Gramenet, 2025.
Poner el cuerpo
Por Susanna González Turigas
Será por la distancia que me viene a la memoria la frase de Protágoras: “el hombre es la medida de todas la cosas”. Protágoras se refería al hombre como sujeto autónomo, cultivado, capaz de pensar por sí mismo y de defender su posición ante los demás. Siglos más tarde, esa posición central, pero relativa, se volverá absoluta y presuntamente merecedora de ser escrita con mayúscula.
Cleofé Campuzano compone una frase de corte parecido y de lógica diametralmente opuesta: “El cuerpo quemará la medida de las casas”, verso de uno de sus poemas y título de su último libro publicado recientemente en La Garúa. Discurre entre una y otra frase el trazo de una parábola, la que va de los albores al declive de una forma de pensar, y de concebir nuestra relación con el mundo.
La poeta transita de la autosuficiencia a la vulnerabilidad, de la soledad regia al vínculo, poniendo el cuerpo, exponiéndose y asumiendo las consecuencias.
Si había una casa para el Yo, lugar de la certeza y la verdad, el cuerpo la ha desbordado. Todo lo vivo está sometido al cambio. Somos seres nómadas, levantamos, a lo sumo, precarias “cabañas en el desierto”, como diría Teresa Shaw. Casas provisionales, aunque se edifiquen con materiales nobles y se plante un laurel junto a la puerta, encomendándole su custodia.
Algo avanza ineludiblemente, algo anónimo e indiferente, “como un gigante que no puede con su altura / y no encuentra tumba a su medida”, dice Cleofé en uno de sus poemas refiriéndose al agua que “deja todo para después”. En otro de sus poemas hablará de “Un canto / al interior del desastre”. Se nos hace presente esa inercia silenciosa, ciega y sorda, que ejecuta, sin sentido, la entropía. Ilusorio es el anhelo de detener el paso del tiempo.
La muerte de un ser querido es un detonante para la escritura. La parca que siempre merodea descalza, taconea de pronto sobre el piso. Necesitaremos resituarnos en un entorno que dejó de ser protector para volverse inhóspito, hacerlo nuestro a pesar de verlo arder y, finalmente, preguntarnos sobre qué podemos conservar y cómo. Cleofé nos da un verso para que indaguemos sobre ese proceso, nos dice: “La tercera confusión es la caída de las casas”. ¿Recuerda a aquel de Paul Celan, su “nada se ha perdido”?
Si hay una tercera confusión, será que hay una segunda y una primera. Tal vez, la primera confusión sea la casa: “Esperaba encontrar algo al otro lado. / Una casa prefabricada fingiendo ser una / realidad-privilegio”, nos dice la poeta. Tal vez, la segunda confusión sea su negación: “Nacimiento o nacer. / La diferencia del verbo”, nos aclara. Substancializar no deja de ser una forma de buscar asilo; el verbo, en cambio, lleva consigo lo propio de la mudanza.
Así, Cleofé nos ha ido dejando migas de pan en el camino, señales en los cruces que mantienen el entramado en un mismo plano de inmanencia. No hay mapa, pero se va dibujando una imagen. Habla de fragmentar la línea continua, anulando la idea de un tiempo absoluto; de vértices, de columnas y pilares que no se sostienen verticales, de direcciones opuestas que llegan a un mismo punto, de la confusión entre el estar al lado o dentro de un muro. El espacio se deforma, se expande y se contrae como un ser vivo. Y, a la par, busca un lenguaje apropiado para esta dimensión distorsionada espacio-temporal, cercano a la locura o al silencio.
Cleofé verá arder, también, la medida del lenguaje. Si ardieron las casas, si se perdieron sus contornos precisos, si se dispersaron sus centros, algo análogo tenía que suceder en el lenguaje. La palabra pierde su cobijo, queda desnuda y sin amparo, aprende que la escasez es su sustento. El poema busca la radicalidad de la experiencia y de un decir que pueda ejercerse en comunión y sin violencia: “Escribes para respetar la palabra. / Lo que hay antes. / Lo que hay después.” Se acerca al ámbito de la afasia porque sabe que no llegamos a decirlo todo, no podemos articular la muerte. Se acerca a la llama, al humo, a la ceniza y con ello purifica el lenguaje:
Lavé tu cuerpo como en el inicio de nuestra vida lo hiciera el líquido amniótico, con la inocencia natural del vínculo. Nunca saber el fondo. Ni entender el fondo. Y vivir en la ausencia del origen del roble.
Lo que nos alimenta, incluso si lo calificamos de sagrado, está siempre en proceso de descomposición. De esa manera lo metabolizamos, lo asimilamos. De esa manera, igual que opera el aparato digestivo, opera la memoria. Descompone, metaboliza, asimila, recompone. La poesía tiene sus estrategias para “abismarse” en ese fondo, palabra que tomo de un poema de Corina Oproae. Recomponer, con lucidez poética, el conocimiento allí donde el conocimiento fracasa.
Si alguna cosa tuviera completud, lejos de ser aquel hombre de Protágoras y sus derivadas, sería el reproche: “los viejos reproches. / Ves, ahí brotan, terribles y completos”. Haremos bien en huir, pues, de todo lo absoluto. El tiempo lo debe tener previsto: “Es seguro que mi perdón / -y el suyo- / está contemplado en alguna / de sus funestas bisagras / así que voy en paz, / voy en paz.” En este intervalo, la compasión se nos hace imprescindible, aquella compasión incondicional para con todo, de la que nos habló con tanta hondura Chantal Maillard.

