Hijas de un sol naciente

Hijas de un sol naciente
Joan de la Vega
Almuzara, Córdoba, 2026.
Introducción de Raúl Quinto

Japonés y europeo

Por Eduardo Moga

Lo primero a lo que hay que atender en este poemario, Hijas de un sol naciente,un homenaje a la literatura y el arte japoneses y una adaptación de sus mecanismos y preocupaciones a la sensibilidad creadora de su autor, Joan de la Vega (Santa Coloma de Gramenet, 1975), es la estructura, sencilla pero a la vez afiligranada. Se trata de un tríptico, como revela el subtítulo, esto es, un libro compuesto de tres partes, «como los tres paneles de un byobu, el biombo japonés», al decir de Raúl Alonso en su iluminador prólogo. Y es un tríptico zenital, así, con zeta, contrariamente a lo que dispone la RAE, que sí admite «zenit», pero no su adjetivo «zenital». Un rasgo primero de la voluntad transformadora de Joan de la Vega.

La primera parte, «En torno a Issa y otros difuntos», constituye una recreación de la voz del haikuista Kobayashi Issa ―uno de los maestros del género en Japón, junto con Basho y Buson, y uno de los más prolíficos, si no el que más: escribió unos 20.000 haikus―, un hombre que tuvo una vida singularmente desgraciada: quedó huérfano de madre a los pocos años. Su madrastra le propinaba palizas constantes: en una ocasión, Issa dijo haber sido golpeado «más de cien veces en una misma noche». Vivió muchos años en la pobreza: su madrastra y su hermanastro le impidieron que heredara los bienes de su padre. En el lapso de una década, vio morir a sus cuatro hijos y a su joven esposa, en el parto de su último vástago. Volvió a casarse, pero se divorció a los pocos meses. Incurrió en un tercer matrimonio, pero entonces su casa se incendió, y volvió a la más absoluta pobreza. Los últimos meses de su vida los pasó en un almacén con piso de tierra. Esta sección se compone de poemas en verso libre y de extensión diversa, aunque nunca largos.

La segunda parte, «Aquella isla flotante», constituye uno de los más destacados ejemplos de écfrasis de la poesía española reciente: cada poema constituye una meditación o una paráfrasis, muy visual, muy coherentemente pictórica, de una de las cuarenta y seis imágenes de las Treinta y seis vistas del monte Fuji, de Katsushika Hokusai, más las diez ura Fuji que el artista añadió ante el éxito de la serie. Cada poema se compone de dos tankas, la composición tradicional japonesa, de 5-7-5-7-7 sílabas.

La tercera parte, «Cuaderno de poniente», se compone de poemas en prosa (algunos muy particulares, como «Shoshinsha», que solo tiene una línea: es, en rigor, un monóstico), inspirados en algún concepto de la cultura japonesa, que se define brevemente (y con un poco más de largura en un «glosario de términos japoneses», al final del libro), y que da pie a una reflexión sobre la muerte, la pérdida y el duelo.

Podemos ver, en efecto, que Hijas de un sol naciente es un libro fuertemente arraigado en la cultura y la cosmovisión japonesas del mundo y la existencia, y que se apoya sin ambages en sus formas artísticas y literarias, pero también que no se percibe —yo, al menos, no lo percibo— que la textura, que la carne de los poemas sea estrictamente nipona, con sus rasgos constitutivos de depuración extrema, afinación perceptiva total y sencillez expresiva máxima, sino más bien que Joan de la Vega irrumpe en los cauces y topoi poéticos elegidos con su poesía característica, que venimos leyendo desde su primer libro, Intihuatana (2002), y que está poderosamente vinculada a las corrientes de vanguardia de Occidente, con sus torceduras lingüísticas y hasta sus quebrantamientos formales (como puede apreciarse en «Onibaba», que concluye así: «Que […] el vuelo de la vida quede ya lejos del menos, del sin»), su carácter acusadamente analógico, su simbolismo desgarrado, su búsqueda de trascendencia en la palabra (y por medio de la palabra) para acceder al otro lado de la realidad (y del ser), su lucha por decir las cosas, lo que sucede, siempre de otro modo, y, en fin, su mesurado irracionalismo. Hijas de un sol naciente es, pues, un ejemplo preclaro de fusión euronipona, una realidad literaria híbrida que, a mi juicio, incorpora lo mejor de ambas tradiciones: la precisión, laconismo y objetividad de la poesía oriental, y la eclosión imaginativa, la complejidad verbal y la atormentada fluencia de la poesía occidental. En cualquier caso, junto con la capacidad de sugerencia siempre buscada y ensalzada por los poetas del Japón, junto con la sutileza de sus fórmulas y la delicadeza de sus voces, De la Vega nunca renuncia a una dicción vigorosa, construida con imágenes muy plásticas y metáforas inquisitivas («la lápida de un niño ciego es un doble espacio caído, lleno de pus y plegarias, de sudores vencidos. La sangre del niño […] es una flor funesta clavada en el ojo del abismo», leemos en «Tenshinranman»), con repeticiones, personificaciones, aliteraciones («alguien traza con tiza fugaz la línea…», en «Kawaakari») y paronomasias («tiempos raídos, roídos», dice en «Anémica y celeste», cuyo título, por cierto, es una parodia de otro muy famoso de Gil de Biedma, «Pandémica y celeste»), entre otros recursos de un vasto y muy rimbaldiano arsenal retórico.

Hijas de un sol naciente es un libro bifronte, o bífido, o bifaz: habla de la muerte, pero también de la vida; o al revés. Ambos hechos, vivir y morir, aparecen fundidos, inseparablemente ensamblados. Esa presencia de la muerte se advierte ya en el título de la primera parte «En torno a Issa y otros difuntos» y se hace explícita, histórica, podríamos decir, los poemas de la tercera parte, la mayoría de los cuales son in memoriam. Entre los difuntos a los que Joan de la Vega canta, destaca uno, la poeta Marta Agudo, muerta en 2023, a la que le bastó publicar cuatro poemarios en su relativamente corta vida (los dos últimos de los cuales narran su enfermedad: Historial y Sacrificio) para erigirse en una de las mejores poetas de su generación, que es la misma que la de Joan de la Vega. Marta, gran amiga de Joan y de quien esto suscribe, aparece explícitamente mencionada en «Sacro oficio», «Shinjuu» y «Makokoro». El título del primer poema constituye un juego de palabras con su último poemario, Sacrificio, y su sagrada labor como poeta (y en cuyos versos asoman más paronomasias: «su plan de caridad,/ su pan de claridad»). En el segundo, elegíaco, cabe resaltar la selección léxica, que conduce a una acumulación de términos de connotaciones negativas para subrayar el dolor de la pérdida, y que concluye, en una suerte de epifonema, con el nombre de la poeta evocada: «Te llamo por tu nombre: Marta». Y el tercero, cuyo epígrafe reza con Marta in aeternum, incorpora, fundidos en su prosa, los títulos de todos los poemarios publicados por Marta Agudo, salvo 28010, por razones obvias (Sacrificio, Fragmento e Historial).

Otro amigo convocado –rememorado, revivido– en las páginas de Hijas de un sol naciente es Pedro Luis Cano, poeta de Santa Coloma que murió de covid, al que se dedica el poema «Uno de los nuestros», lleno de entrañables referencias a la ciudad de ambos, y donde leemos: «Qué muerte más perra te acorraló».

El peso de la muerte en Hijas de un sol naciente se inscribe en un más amplio hálito existencial: en una preocupación constante por el paso del tiempo y las cosas, por la destrucción y el vacío, por la flaqueza irredimible del ser, aunque compensado por una actitud –por un espíritu– contemplativo y celebratorio, muy propio de la cultura japonesa, que se complace en la observación y el disfrute de las realidades cotidianas y, sobre todo, de los hechos admirables de la naturaleza, que tiene una relevancia capital en el poemario: sus flores, sus animales, sus cielos, sus montañas, con los que Joan de la Vega se relaciona habitualmente por su condición de senderista y montañero, de donde acaso provenga la voluntad de ascensión, de culminación, tanto física como poética, que se expresa en no pocos de los poemas de Hijas de un sol naciente —como «En un barranco», donde leemos: «Cuesta arriba/ toda ligadura mengua,/ los yugos se emborronan./ En rededor aflora/ la escuela del ser»— y en su consideración de tríptico cenital. Esa angustia existencial, clásicamente llamada náusea, se alía, pues, con una suerte de épica de la minucia y, al mismo tiempo, con una expansión cósmica, con un ansia universal. Joan de la Vega habla de «la cuchilla del tiempo», de «la helada orilla de nadie» o de «la rosa de las desapariciones»; dice «qué terrible es el hueco/ donde antes hubo vida» o «la muerte crece y todo lo devasta con su diafragma fractal», con esa doble aliteración de a y fra; se pregunta «qué vino a hacer aquí la muerte»; o reflexiona: «A mis cincuenta años de edad/ trepano las facciones/ de la anciana primavera». En otros poemas del libro, «la tierra se dora y oscurece/ de cálidas sepulturas», estableciendo sendas antítesis, sensuales y terribles, entre oro y oscuridad, calor y tumba; aparecen «soles negros», reviviscencia del «sol negro de la melancolía» de Nerval y, por ende, del motivo principal de la concordia oppositorum que es la luz negra; o se afirma, con Séneca y Quevedo, que la vida es muerte, que muerte y vida están entrelazadas, tanto en las palabras («despertar es/ apalabrar tu muerte”, «las palabras que callamos/ extrañamente reverdecen/ en la sangre de los muertos») como en los seres: «renaces de los muertos que creyeron en ti»; «cavo en tu vientre/ la tumba de nuestros tres hijos»; «nacen los hombres/ sobre sus tumbas»; los campos se llenan de hierbas y semillas «dando vida a la muerte»; y «aun siendo el respirar tan muerto como vivo». En «Shunga», la muerte se enrosca en el sexo, penetra en él: se une al origen de la vida. Y la agonía, el sufrimiento y la muerte tienen una presencia protagonista en «Tenshinranman», repleto de permutaciones: «La rosa que mece la mano de la muerte es roja, es negra, es invidente. La mano que mece la rosa de la muerte habla la lengua de los niños, con un abecedario de púas y encías. La muerte que mece la mano de la rosa nos hace señas desde la hornacina».

Un último rasgo de este poemario admirable es su reivindicación del silencio, que lo emparienta con lo mejor de la tradición japonesa: «Lo más preciso de la voz/ es su silencio», escribe De la Vega en «Se sobrevive a la maleza…». Pero esta demanda no deja de ser una contradicción más, poéticamente muy fértil, con la realidad indiscutible de la fuerza y abundancia de la voz de De la Vega, que se impone, a lo largo de Hijas de un sol naciente, a toda restricción, a toda carencia.