Las diosas que hay en mí / Les deesses que hi ha en mi

Las diosas que hay en mí

Las diosas que hay en mí / Les deesses que hi ha en mi
Amalia Sanchís
In-verso Ediciones de poesía, Barcelona, 2025
Traducción a cargo de Anna Aguilar-Amat

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Por José Antonio Arcediano

Amalia Sanchís es poeta discursiva, visual, ciberpoeta, videoartista, performista, periodista y, desde hace algunos años, editora de los sellos In-verso y Parnass. Autora de seis libros de poemas anteriores, durante este dos mil veinticinco que empieza a agonizar nos ha ofrecido lo último de su producción: Las diosas que hay en mí / Les deesses que hi ha en mi, un volumen que presenta la obra original en castellano, así como la versión catalana, que nos llega de la mano de la poeta Anna Aguilar-Amat.

La poesía de Sanchís se ha caracterizado, en lo formal, por un estilo fuerte, duro, transgresor, con un espíritu innovador que se alimenta de sus relaciones multidisciplinares, sin por ello renunciar a un tono más intimista en algunos momentos. En cuanto al bagaje de contenidos, su poesía nos ha hablado en el pasado del viaje a la interioridad del yo, de la búsqueda de refugio, del retorno a la sencillez y la simplicidad de los significados, del ensalzamiento de la naturaleza y de los elementos, así como del reencuentro del individuo con el medio natural (un cierto romanticismo de nuevo cuño) en pos de la paz interior. En la poesía de Sanchís es frecuente el autodiálogo en busca de respuestas, un autodiálogo que muestra una cierta escisión del individuo en un yo realista por un lado y un yo soñador y quimérico por otro, persiguiendo la liberación de este último, considerado más puro y limpio. La búsqueda de justicia, una justicia verdadera, que resitúe las cosas en el mundo, un mundo en el que la autora identifica el vacío con algunos elementos del entorno (aquellos que debemos, generalmente, a la acción humana) ha constituido otra de sus vertientes temáticas.

El personaje poético de Sanchís muestra habitualmente el deseo de reconducir la propia existencia, colocándose al timón de la propia vida, en una especie de conjura consigo mismo para poder sobrevivir y avanzar a pesar de los fracasos y la dureza del entorno. 

Lo que en determinados momentos de su obra anterior podía hacer pensar en alguna suerte de confrontación de géneros, en una asunción de experiencias que podrían conducir al recelo y a la desconfianza en las relaciones, en Las diosas que hay en mí se revela ya como un puro y llano ensalzamiento de la feminidad, aportando argumentos a la valoración del sexo femenino. No muestra ningún tipo de acritud ni animadversión hacia los hombres ni lo masculino (es especialmente llamativo, en ese sentido, que en el apartado de agradecimientos del libro reserve un espacio para “algunos dioses”, “que también los hay”).

Por el texto van desfilando diosas de diferentes tradiciones míticas y religiosas, que aportan el elemento prototípico de cada una de las facetas que, al entender de la autora, se dan cita en ese yo femenino ideal pero no abstracto, sino real y posible, que circula por las páginas de su obra. Las diosas que hay en mí nos habla de la potencia de ese valor mítico intrínseco en la mujer, de la abrumadora soledad de las mujeres en el devenir histórico de la humanidad, del peso y la responsabilidad por el mandato de la especie para su preservación y del papel crucial de la mujer como factor de corrección frente a la barbarie masculina repetida y generalizada en todas las -paradójicamente- llamadas civilizaciones (las guerras y la depredación). Y todo ello, parece decirnos Sanchís, desde el silencio y eludiendo (hasta nuestros días) la confrontación.

En las páginas de Las diosas que hay en mí asistimos, asimismo, a la ponderación de la maternidad, así como a la constatación de que el rol de la mujer siempre se ha caracterizado por su aportación creativa y fértil, en contraposición a la aportación destructiva protagonizada por el género masculino.

De entre todos esos espejos en los que la autora se mira, me gustaría destacar la figura de Lilith, como ejemplo claro y rotundo de mujer que no se somete a la autoridad masculina (ni humana ni divina). Esa Lilith que algunas interpretaciones rabínicas del Génesis presentarían como la primera mujer de Adán, creada por Yaveh -al igual que el propio Adán- a su imagen y semejanza. Esa figura mítica de Lilith se me antoja especialmente relevante, porque la tradición judía medieval (y aun la moderna) la ha demonizado, atribuyéndole la cohabitación con Samael, el arcángel maligno, y la consiguiente procreación de una extensa progenie de demonios. Tal es el precio de la desobediencia al patriarca. A mi entender, Lilith es además protagonista principal de este libro por cuanto algunos de los versos más bellos del volumen se sitúan en el poema que protagoniza:

                        El abrazo del tiempo te ha cubierto de olvido
                        y tu traje de niebla ha vestido el vacío
                        de los días pasados con tu historia perdida.

Estos tres hermosos alejandrinos abren el excelente poema a dos voces, que acaba siendo sellado por estos tres sobrios pero bellos endecasílabos:

                        invocamos tu nombre y tu memoria
                        porque fuiste a buscar para nosotras
                        la copa en que beber la libertad.

El recurso a tantas diosas de diferentes panteones nos hace ver otra cuestión insoslayable: la opresión y la infravaloración ejercida por las sociedades patriarcales sobre la mujer tiene un carácter universal, y se da simultáneamente en todos los rincones del planeta, en todas las culturas y en todos los tiempos.

Las diosas que hay en mí se expresa en una vertiente que podríamos llamar anacrónica, mediante ese recorrido mítico-histórico por los personajes de las deidades femeninas, pero no adolece de una vertiente sincrónica, que se muestra, principalmente, en los dos poemas que cierran el volumen (“La diosa de mis días” y “Vestida de diosa”), en los que el yo poético de Sanchís se convierte explícitamente en receptáculo de todo lo bueno y lo malo que el género femenino ha ido recibiendo a lo largo del devenir histórico. “Y aunque incompleta, / me voy construyendo cada día, / (…) porque quiero llegar / vestida de reina / al palacio de la luz”, escribe la autora en el primero de los dos poemas mencionados. Todo el recorrido vital en el que el yo va recolectando y atesorando las cualidades de las diversas deidades, desemboca en “Vestida de diosa”, que escenifica la generosidad de la entrega y, una vez más, recurre al potente y profundo simbolismo de la fecundidad:

                        …me desnudé
                        como el cántaro
                        apurando tu sed,
                        recogiendo las huellas
                        que dejaste
                        en mi cuerpo.

Por último, me gustaría reseñar que es muy de agradecer, para quien escribe estas líneas, que la autora no haya utilizado ni una sola vez términos como empoderamiento o resiliencia, tantas veces repetidos desde los medios y desde la cultura oficial, a través de los canales plegados al sistema, y tan desvirtuados ya, cuando no, directamente, mal entendidos y mal empleados.

Me parece, asimismo, de justicia, hacer mención a la excelente y fiel versión catalana de la poeta Anna Aguilar-Amat, que redondea la interesante experiencia de lectura de este volumen y que mantiene a Amalia Sanchís en esa trayectoria suya como poeta bilingüe.