
O que se volve raíz / Lo que se vuelve raíz
Eva Veiga
Olifante. Ediciones de poesía, Tarazona (Zaragoza), 2025.
Por Teresa Seara
Con O que se volve raíz / Lo que se vuelve raíz –poemario bilingüe édito por Olifante– llega la privilegiada voz de Eva Veiga (Ombre-Pontedeume, A Coruña, 1961) al ámbito de expresión castellana y lo hace cinco años después de que, gracias a la antología trilingüe Ser en / To be in (Nueva York, 2020), hubiese hecho lo propio en territorio americano.
Mujer polifacética (comunicadora, ensayista y miembro del grupo Ouriol con el que realiza recitales multidisciplinares donde la poesía dialoga con la música y las artes plásticas), ha merecido como poeta los galardones más prestigiosos de la literatura gallega, además del Premio de la Crítica Española por Soño e vértice (2016). Próximamente recibirá también el homenaje de la Asociación de Escritoras y Escritores en Lengua Gallega (AELG) por una trayectoria muy fructífera que comprende más de tres décadas de escritura.
Según viene siendo frecuente en su obra, en este volumen, el decimotercero de sus poemarios, Veiga efectúa un minucioso trabajo de depuración del lenguaje que no solo prescinde de lo superfluo –confiriéndole así a sus versos una aparente sencillez– sino que aproxima a las palabras hasta el límite para que allí, en el territorio fronterizo entre lo éxtimo –aquello que nos es ya conocido– y lo íntimo –máximo arcano–, se impregnen del son primigenio, ese latido inicial que, como gran fuerza generatriz, origina todo cuanto existe. De esta forma, en sus poemas no importan tanto los términos elegidos para construirlos sino lo que estos invocan por medio de una resonancia que se apoya asimismo en la belleza fónica de sus sílabas: esa alegría inocente propia de los primeros años, el peso grave del saber o la sensación agridulce que deja la memoria al revivir momentos de plenitud pero también de pérdida. Porque es ella una autora que siempre dota a los vocablos, incluso a los más sencillos y cotidianos, de un profundo eco polisémico que les permite expresar aquello que a menudo queda fuera del lenguaje, los intersticios por los que la vida se manifiesta en su más salvaje entidad. No en vano, sabe que “vida y muerte son al cabo / una cuestión de absoluta fe / en las palabras / en lo que inventan o no pueden decir”; esto es, en su intenso rumor tanto como en sus silencios.
Al igual que en obras precedentes, en este libro la escritora eumesa procura en la grieta ese punto exacto donde la vida se encuentra con la muerte, un suceso demoledor o “fatiga de las leyes de la naturaleza” –para Carlos Fuentes– que ella entiende como la “reunión / de un cuerpo / con su ausencia”; siendo, en este contexto, ‘ausencia’ el hueco que el cuerpo desocupa con su finitud, un espacio vital ya abandonado y antes pleno de vigor. Este vacío se sitúa ahora en un lugar concreto, el desierto, donde todo adopta la forma de lo ilusorio, espejismo que no solo disfraza la verdadera esencia de lo que se busca sino que dificulta su discernimiento. Es en este espacio, aparentemente yermo –que para Baudrillard representa la “extensión natural del silencio interior del cuerpo”–, donde se da una paradójica ambivalencia: nada existe y, a la vez, todo vive allí ya que en su corazón árido reside un pozo, también la raíz, signos invisibles de la vida que, enterrada bajo las arenas, continúa su curso imparable. A esta existencia oculta presta la autora una escucha atenta para luego revelarnos en sus poemas la verdad de un mundo que es puesto en crisis una y otra vez pues, al cuestionarlo de una forma tan radicalmente lúcida, consigue hablar de él con un vasto conocimiento que, a menudo, deja entrever un gran trasfondo filosófico. Porque hay
un lugar dentro de otro lugar
que abandona el sueño
allí donde no quedan ya señales y la luz
cultiva sus objetos incomprensibles.
Lo que nos empuja al vacío en O que se volve raíz / Lo que se vuelve raíz es la pérdida irreparable del padre, un óbito que, además de dejar a la voz poética desvalida frente a la intemperie –afirma Lamartine que “solo un ser está ausente y ya es todo un desierto”–, también la obliga a enfrentarse con la dificultad de las palabras para verbalizar este hecho dándole así un sentido. Ya en el primer texto de la obra, leemos estos versos reveladores: “Todo cuanto escribes / es la formación de un desierto”, un pequeño grano de arena en la inmensidad inabarcable del erial. Sabe la hija que la muerte de su progenitor conlleva cambios irreversibles en su propia existencia puesto que, por un lado, emocionalmente, “todo hundimiento nos hermana con el desierto / con su remota luz” y, por el otro, siempre las pérdidas actúan como motor de las más profundas metamorfosis. Así se demuestra que somos, en realidad, cambio y que este acontece a menudo en el silencio al darse la previa extinción de aquello que hasta ahora nos sostenía atados a la falsa inercia de lo inmutable. Pero, como nos revela Eva Veiga, son
inútiles las palabras
cuando se es una forma en derrumbe
pura materia transformándose
la indescriptible luz que emerge
de ese cataclismo.
Asistimos así a la generación de una nueva raíz, la de una hija que deja de ser ya rama del árbol genealógico cuyo centro era el padre, y que, en este momento decisivo, habita con cierta extrañeza ese otro yo radicular. Porque “lo que se vuelve raíz / se da en otra forma del dolor // nos visita en otros cuerpos” que debemos vestir como nuestros. En este sentido, afirma Pilar Pallarés en el paratexto que acompaña al volumen, que la poeta se dirige “al encuentro del no-yo, humano o no, hasta hacernos ser” con el otro, con esa realidad que, en las tierras inhóspitas del desierto, se extiende en la sombra y, como cualquier raíz, teje “con vislumbres de lo que se pierde” un sistema conectivo que sostendrá a la vida gestándose calladamente en el vientre del árido silencio. Por eso solo quien logra, dilatando el límite, acceder a lo arcano, capta el “ruido de fondo” que vibra detrás de cada existencia y luego comparte con nosotros tan valioso legado aunque deba hacerlo, como le sucede a la poeta, por medio de un lenguaje incapaz de ofrecer una idea fidedigna de lo que supone tamaña revelación. Con todo,
no importa la palabra
que digas
sino lo que trae
en silencio y cierto,
ese latido que nos interpela desde la propia raíz y cuyo rumor provoca siempre una honda conmoción estética e intelectual.
Ciertamente, a lo largo de la vida iremos varias veces hasta el límite para desnudar las vendas que embazan la mirada y nos vetan la percepción directa de aquello que, desde tan recóndito lugar, reclama nuestro interés porque, solo de esta forma, transitamos la existencia habitándola. Como dice Martin Heidegger, el ser humano se define en la medida en que habita –esto es, permanece– aquello que le rodea, incluso el lenguaje que, sostiene Gadamer, es nuestra verdadera esencia, un medio de fijar y objetivar el conocimiento del entorno y de nosotros mismos por cuanto comprender –y, por ende, decir– es otra forma de amar. Mas, para dar cuenta de la profunda reconfiguración que experimenta la materia, es necesario disponer de un idiolecto que no solo preste voz a lo perdido y también a lo silente sino que, además, restaure la conexión profunda con la natureza que, de forma instintiva –casi osmótica–, establecemos durante la infancia. En este libro, el diálogo con el mundo natural, tan característico en la obra de Eva Veiga, se acentúa y representa la felicidad más plena, aquella que no necesita ser traducida a palabras pues posee su propio código expresivo:
he sido feliz quizás sin saberlo:
cuando en un idioma remoto y familiar
me hablaron por vez primera
la lluvia la hoja que cae el meandro
de un río la delicada parsimonia del caracol
un árbol que ahora es rojo el olor de octubre…
me encontraron todas esas cosas
sin yo esperarlas o quizás tropecé con ellas
y dijeron algo que abría mi cuerpo
como hizo con aquella cueva Alí Babá…
o cuando tú llegas y un pliegue de tiempo
extiende sus alas y unas pocas palabras
nos llevan al mismo silencio.
He aquí la materia de la que se ocupa el poema: la restitución del vínculo con la raíz nutricia del ser, ese espacio ignoto donde conviven intimamente vida y muerte ya que, según nos enseña Ángel Guinda, “la vida es el cuerpo de la muerte” y ambas existen como haz y envés del individuo. Esta vuelta al origen se produce, en buena medida, recuperando esa primera lengua que “guarda los códices / en el interior del hueso” puesto que es ella quien facilita el diálogo absoluto con el medio primigenio. En él percibe el ser, sin exigirle ningún esfuerzo de comprensión, aquello que queda aún fuera del lenguaje, una materia que la autora identifica con “el fósil / de una oración anterior a la vida” puesto que representa lo que se perpetua ajeno a las agresiones del tiempo.
En definitiva, dentro del corpus de Eva Veiga, O que se volve raíz / Lo que se vuelve raíz es un paso más en la búsqueda de una luz que no se ve pero existe, un enigma que nos interpela y nos deja frente por frente con las palabras que deberán darle sentido. Vocablos que, aunque a veces hablen de lo trágico o pongan de manifiesto las carencias y desequilibrios de nuestra sociedad, también poseen “la irredenta espina de la belleza” que tanto nos conmueve. Porque, al fin y al cabo, “somos la diáspora / que abandona el cuerpo / hacia los laberintos del lenguaje” donde reside, bajo las formas más arcanas, el milagro de la vida.

