
Todos los lugares
Silvia López Ripoll
Godall Edicions, Barcelona, 2026.
Por Óscar Sotillos
Conocí a Silvia López Ripoll en un recital de poesía, es decir, escuché su voz antes de leerla y tal vez esto haya sido determinante en el momento de abordar su lectura. Su tercer poemario (Todos los lugares, Godall Edicions) acaba de ver la luz y con él su voz se ha consolidado. Su anterior libro Y la que escucha no es ella (Vitruvio, 2024) era un caballo desbocado. Al releerlo tuve la sensación de encontrarme en un in media res poético que me sumergió en un solo poema entrelazado, una fuga con un denominador común: la exaltación y el entusiasmo. Que no se me malinterprete. Hay rigor en sus versos entrecortados para dar velocidad, hay dirección en su galope. Lo que incorpora Todos los lugares a su trayectoria es la templanza. Se reconoce la misma música, pero aumentan los sentidos, especialmente el de la vista con su juego de colores, de luces y sombras:
Este libro está hecho de palabras, pero en
realidad son sombras que quieren proyectarse
para llegar a todos los lugares
Parte de este juego de luces y sombras se da entre el título (escrever, l’inconnu, salam, cafuné, fiaka…) y el cierre de cada poema con una cita que es un diálogo poético. Una invitación a volver a leer el poema con ese nuevo matiz incorporado al final, y una invitación a tomar esa puerta para descubrir nuevos poetas (Hadaa Sendoo, poeta mongol; Miren Agur Meabe, vasca; Davor Salat, croata…) de todos los lugares.
A medida que uno avanza en la lectura se pregunta por la génesis del poema. ¿Nació de la palabra ajena? ¿De la lectura de los poetas nombrados? ¿O fue del poema que nació la búsqueda? Poco importa. De hecho, la misma autora cierra el libro abriéndose a la interpelación: “Creo que en estos poemas hay muchas preguntas y pocas respuestas.”
Volviendo a los juegos (de luces, de palabras) sus poemas llevan “a la conciencia algo de nuestras sombras, pero sin esa gravedad tan grave que atormenta.” Y lo cumple. Uno a uno, sus versos canturrean, nombran, como las migas de pan de Hansel y Gretel, mostrando un rastro del que queda la estela:
una estrella apareció
su deseo
una noche más
He hablado de la música y de la luz, pero hay más sentidos involucrados en los versos de Silvia López Ripoll. Pienso, por ejemplo, en la flor del limonero expuesta al sol:
cantó un pájaro
le pregunté
¿qué son las palabras?
¿por qué nos queman
aunque los limones
exhalen su fragancia?
Y la palabra, y la pregunta, se abren como esa flor en una respuesta inasible excepto para el más fugaz de los sentidos. No en vano el olfato está vinculado a la evocación y la intuición, como el saúco que “quiere ser fácil / flor sin espinas”.
No, no es ingenua, ni fácil la poesía de López Ripoll. Que no nos engañe la militancia en el uso de minúsculas o la ausencia de puntuación excepto para admirarse y formular preguntas. En la aparente ligereza de Todos los lugares se halla la porosidad para alcanzar la belleza (“el detalle que nadie más nota”) y en su ritmo, la clave para dejarse embriagar con ella.

